El club de los hombres (y las mujeres) ridículos I

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Vestís vuestras vidas mortales de gravedad, solemnidad y pompa, intentando disfrazar vuestra desnudez. Si pudierais contemplar, de vez en cuando, lo ridículos que resultan tales afanes.

Madrid. Finales de agosto. Todavía hace calor, pero ya no tanto. Son las seis de la tarde y sigue sin haber un alma en la calle, tal como era de esperar. El hombre con gafas de sol, chaleco y sombrero de Indiana Jones, asciende las escaleras del suburbano y dedica una fugaz mirada a la Puerta de Alcalá y a sus recuerdos; qué joven era yo aquel verano de estudiante en Madrid, qué buenos ratos en el parque del Retiro, hace tanto tiempo y todo eso. Bastante. Con gesto decidido, bordea el parque y se adentra entre los palacios, iglesias y edificios elegantes de esta zona de Madrid. Aquí, cerca del museo del Prado, en pleno barrio de los Jerónimos, todo es ostentoso, incluso las viviendas particulares. Europa es eso, al fin y al cabo, se dice el hombre de las gafas de sol, el fantasma de los esplendores y las pompas pasados. 

Ante el portal extrae un papel plastificado y hace una última comprobación. Sí, es la dirección correcta, pero vacila. Aún está a tiempo de retirarse, de abortar su absurda aventura, y lo haría, si no fuera por un pequeño detalle: lo prometió. Él hace promesas continuamente, pero esta la quiere cumplir.

Examina los rótulos del portero automático sin resultado, y como la puerta está abierta, entra. Por fin, en los buzones, descubre la etiqueta que busca: “El club de los hombres ridículos. Octavo primero”. Debajo de hombres alguien ha escrito con rotulador rojo, entre paréntesis, “y las mujeres”.

Rechaza el tentador ascensor de aspecto decimonónico, y sube por las escaleras. Imaginarse los telediarios en caso de avería le da fuerzas para el ascenso, y le compensa de llegar al octavo piso con la lengua fuera. La placa en la puerta ostenta el nombre del club, corregido de igual manera que en el buzón, pero esta vez parece que con esmalte rojo. Debajo de la placa hay otro letrero que dice: “Abandone toda dignidad aquel que atraviese esta puerta”.

Es la última posibilidad de retirada, y la sopesa seriamente, con el índice a escasos milímetros del timbre.  Pero es una promesa hecha a un moribundo, a  la persona que cuidó de él tras la muerte de sus padres, la persona que lo ha querido como nadie y puede que la única a la que él ha amado de verdad.

Tras pulsar el botón se aproximan unos pasos irregulares, danzarines. Una anciana de pelo verde, diadema de zíngara, pendientes y collar de abalorios y túnica de lino, lo mira con los ojos muy abiertos. El hombre de las perennes gafas de sol, tan resuelto hace un instante, se pregunta en qué clase de secta extravagante se está metiendo.

—Vaya, es usted en persona. En la tele parece más joven. Uy, qué tonta, ¿entiende mi idioma?

—Perfectamente. Tengo facilidad, y podría decirse que el español es cada vez más necesario en mi negocio. Ahora, si no le importa, quisiera terminar cuanto antes. La persona que me envía me dijo que enseñara esta nota —dice mostrando el papel plastificado—.  ¿Puedo pasar?

—Todavía no —dice con pesadumbre—.  La nota es correcta, y sé que la escribió su abuelo. Imagino que él no ha podido venir, ¿verdad?

—No. ¿Ya puedo entrar?

—Lo lamento de veras, era tan divertido. Quería que me fuera con él, después de la guerra. Yo no podía dejar a los míos, y él no podía quedarse. Uy, qué despistada, para poder entrar tiene que hacer el pato. Y quítese las gafas, ya sé quién es y no quiero que se dé con los muebles.

—¿Qué haga el pato? ¿Está de broma? Es ridículo.

—Entonces está en el lugar apropiado —contesta la anciana señalando el rótulo de la puerta.

No sabe si atribuirlo al calor, o al sofoco del ascenso, o al descubrimiento de que la zíngara hippy conoció a su abuelo, o a que desea acabar de una vez, pero se quita las gafas, se agacha y anadea hasta el interior de la vivienda. Incluso aletea con los brazos y profiere varios ¡cua, cua! que provocan la carcajada de la mujer. Él también siente ganas de reír, pero no quiere darle ese gusto.

—No me puedo creer que lo haya hecho —dice la anciana—. Es la primera vez que alguien accede. Uy, casi lo olvido, puede llamarme Beatriz.

—Supongo que entonces puede llamarme Dante.

—Va a resultar que es usted tan divertido como su abuelo, a pesar de la fama de serio que tiene. Apresúrese si quiere asistir al discurso del otro solicitante de hoy. No es reglamentario, pero las normas resultan tan ridículas aquí dentro, ¿no le parece, Dante?

El hombre está entregado, y ni siquiera protesta al ser catalogado como solicitante, ¿de qué? No importa. La anciana lo conduce a un saloncito con un balcón a la calle y le ofrece agua.

 

Fin de

El club de los hombres (y las mujeres) ridículos I

 

Aquí puedes conocer la conclusión de esta ficción de final del verano, El club de los hombres (y las mujeres) ridículos II

8 comentarios en “El club de los hombres (y las mujeres) ridículos I

    1. Ja, ja. Es que algunos relatos –los menos– salen cortos, que para mí significa menos de ochocientas palabras. La mayoría son entre mil y dos mil palabras, y algunos de más. Estoy preparando otro blog en WP para mis relatos más largos. Para no aburrirte, solo recordar que acabo de descubrir tu comentario. Gracias por comentar y un saludo.

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  1. Pues, sí. Esperaremos impacientes…

    La frase en cursiva al inicio no sé de quién será, pero es muy buena. Me siento identificado. Me gustaría creer en que de verdad me doy cuenta de lo ridículo que soy

    Quizá sería la única manera de no serlo.

    Ta la semana q viene.

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    1. Je, je, pues la frase tiene pretensión de originalidad, pero a saber de dónde la he sacado… Estoy de acuerdo en que tal vez nos tomamos demasiado. Muchas gracias por leer el relato, por tus palabras y por tomarte el tiempo de comentar. Un saludo y hasta pronto.

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  2. Pingback: El club de los hombres (y las mujeres) ridículos II – Peregrinos de la tierra en sombras

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