MI HIJO ES UN TROLL

Todo empieza con un padre cabizbajo ante una ventanilla. ¿Una reclamación anodina más para el funcionario Martínez? Tal vez sí, y tal vez no. Si lo deseas, acompáñame en este relato en el que,  a buen seguro, puede que muchos nos veamos reflejados.

El funcionario Martínez levantó los ojos del formulario al que aparentaba estar prestando atención y contempló indolentemente  al hombrecillo que se había estacionado delante de la ventanilla.

— Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?— Dijo con la calculada mezcla de indiferencia y solicitud que le era habitual.

— Verá… es que… mi hijo no es mi hijo… me lo han cambiado…¡Es un TROLL!

Martínez adoptó su pose más profesional y continuó.

— Veamos, señor… ¿Sánchez? Sí, aquí lo veo en su instancia ¿cuándo dice que se percató de esta situación?

— Pues… creo que fue el día que oí una voz desconocida en casa, una voz grave, inquietante. Me encontraba en el salón y no me podía explicar quién había entrado en casa. Miré alrededor y allí sólo estábamos mi hijo y yo, nadie más. Entonces… ¡esa voz volvió a resonar en la habitación diciendo algo así como “tengo hambre”, y continuó “ ¡quiero comer!”—Aquí a Sánchez se le quebró la voz, y un sollozo se asomó a sus ojos—. Lo siento, es que… el que estaba hablando era mi hijo, ¡Mi hijo!

— Bien, ¿podemos reseñar entonces que usted detectó la sustitución de su hijo porque le pidió de comer?— Martínez en estado puro, un muro de profesionalidad imperturbable.

—¡No! ¿Es que no lo entiende? ¿Es que NADIE lo entiende? ¡Aquel no era mi hijo! ¡Esa no era su voz! —Sánchez rompió a llorar. No se lo iba a poner fácil, pensó Martínez.

— Serénese— continuó Martínez, no concediéndole ni un instante de tregua, siguiendo las recomendaciones del manual para estas situaciones—. Seguramente, si usted me lo explica yo lo entenderé. Dígame, ¿hay otros detalles que le hayan hecho llegar a esta conclusión? Quiero decir además del cambio de la voz y digamos…— Martínez a veces no podía evitar salirse del manual— …el apetito.

— Son muchas cosas —continuó Sánchez sin reparar en la ironía—. Mi hijo era amable, cariñoso… Cuando yo le hablaba me miraba con veneración, me hacía sentirme el hombre más importante y más afortunado del planeta. Teníamos tantos planes… ¡y su vocecita era tan adorable!

— Ejem, ejem —interrumpió Martínez, sin levantar la vista del formulario, considerando que se había cubierto sobradamente la cuota de sentimentalismos—. Voz distinta, cambios del apetito, no más veneración, cambio de puesto de importancia en el planeta, fin de los planes conjuntos… ¿Algo más?

Si Martínez creía que esta vez podría zanjar la cuestión en tan poco tiempo, se equivocaba.

— ¡Y muchas cosas más! —estalló Sánchez— Ese ser tiene la cara llena de granos, y … ¡de pelo! —continuó Sánchez entre sollozos— … y tiene un bulto como una manzana en la garganta, sus piernas y brazos son deformes, como si los hubieran estirado. No ordena la habitación, nos habla de forma grosera y maleducada, no estudia, no recoge los platos, ni los vasos, y… y… ¡y siempre deja el tetrabrik con una gota de leche en el frigorífico! —La situación amenazaba con descontrolarse por completo. Pero eso podría ocurrirle a otro funcionario, no a Martínez, y desde luego no hoy.

— Resumamos por favor. Seguramente tiene usted alguna teoría sobre qué le ha ocurrido a su hijo y sobre quién es éste… digamos SER.

— ¡ES UN TROLL!

— Vamos, vamos, tranquilícese Sr. Sánchez —error imperdonable en alguien de la experiencia y profesionalidad de Martínez. Nunca hay que utilizar la palabra “tranquilícese”, lo dicen los manuales.

— ¡NO ME DIGA QUE ME TRANQUILICE! Usted tampoco estaría tranquilo si le hubieran cambiado a su hijo por un detestable troll. ¡Quiero que me devuelvan a mi hijo! —Al menos no negaba que estuviera alterado. Martínez aplicó, ahora sí, las recomendaciones del manual para estas situaciones.

— Entiendo que la situación es muy desagradable, y yo en su lugar también estaría preocupado Sr. Sánchez —dijo Martínez en un intento de reconducir la situación— pero póngase en mi lugar, esto es muy anómalo. Nos ayudaría mucho si tuviera usted alguna explicación para esta, digámosle “sustitución”.

— ¡Exactamente eso es lo que ha sucedido! ¡Han sustituido a mi hijo! —tronó Sánchez, e inclinándose sobre la ventanilla continuó en voz más reposada— Seguramente habrá oído hablar de esos relatos del folclore centroeuropeo en los que las hadas o los trolls cambiaban a los bebés en las cunas, dejando en su lugar a uno de sus vástagos. Creo que eso es  lo que ha ocurrido con mi hijo.

— Pero seguramente no habrá podido dejar de reparar en que su hijo estaba bastante más crecidito —apuntó Martínez— Vamos, que no era un bebé.

— ¡Yo sólo sé que ese ser que hay en mi casa es un troll!

Había llegado el momento de culminar la maniobra, según decía el manual.

— Le quería preguntar una cosa —aportó Martínez, de forma conciliadora, casi cariñosa— su mujer ¿qué piensa de todo esto?

Toda la firmeza de Sánchez se deshizo como un azucarillo en leche caliente, su rostro demudado en desánimo. Con un suspiro de derrota, continuó.

— Mi mujer está como hechizada, no se da cuenta de que “eso” no es nuestro hijo. Insiste que se trata de cambios temporales, que todo es normal, que mejorará. ¿Se da cuenta de con qué tengo que lidiar todos los días? —y aquí Sánchez se derrumbó anímicamente, y sobre la ventanilla. Martínez pensó que prefería cuando lloraba, pero manteniendo las distancias.

— Me temo Sr Sánchez que no podemos hacer nada más. Si ha leído las instrucciones que hay detrás del formulario habrá visto que es imprescindible la firma de ambos padres para cursar esta solicitud. Yo querría ayudarle, pero su esposa debe estar de acuerdo— Martínez había triunfado por hoy, pero no había alegría en su victoria. Ante él, Sánchez se separó de la ventanilla y se frotó los ojos enrojecidos. Martínez recordó que también tenía hijos.

— Mire Sr. Sánchez, vuelva a su casa y hable de esto con su esposa. Créame, le vendrá bien. Les vendrá bien a los dos —hay cosas que no vienen en los manuales—. Yo le guardo la solicitud, y si finalmente quieren presentarla, vuelvan aquí los dos y ya habremos adelantado mucho trabajo. ¿Le parece bien?

— Mu… muchas gracias. Volver a casa, sí, tengo… que volver… a casa.

El hombrecillo se dio la vuelta cabizbajo,  y salió de la oficina arrastrando los pies. Súbitamente, un compañero de Martínez aparentó finalizar alguna tarea complejísima y se le acercó.

— Pero hombre, ¿por qué no lo has enviado a la Comisaría? O mejor aún, al cuartelillo de la Guardia Civil. Seguro que les ibas a alegrar el día —dijo jocoso.

— Cómo eres Pérez —dijo otro—. Oye Martínez, ¿qué número era éste?

— Es el tercer hijo.

— Tienes una paciencia… ¿Es el último?

— Uy, qué va. Aún le quedan otros dos, de 4 y 8 años. En el fondo me cae simpático —dijo con un amago de compasión, que fue rápidamente sustituido por la habitual mezcla de indiferencia y solicitud— El siguiente, por favor.

 

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