LA NAVIDAD COMO TREGUA

Es opinión extendida que la Navidad, tal como la conocemos, es una invención septentrional, de la Inglaterra victoriana. Pero a parte de ello, lo que significa para cada uno de nosotros puede ser diferente. Si lo deseas, adéntrate  en el bosque nevado y comparte conmigo lo que la Navidad significa para mí. 

… Y CHARLES DICKENS INVENTÓ LA NAVIDAD

“Siempre he visto en la Navidad una hermosa época: cordial, condescendiente, compasiva y placentera, el único momento en doce largos meses, que yo sepa, en el que hombres y mujeres parecen abrir al unísono sus corazones hasta entonces sellados y ver en las personas de inferior condición auténticos camaradas en el viaje hacia la tumba, y no otra raza de seres embarcados en rutas diferentes”.

Éstas palabras de Fred, el sobrino de Scrooge al principio de la inmortal “Canción de Navidad” de Dickens, han reflejado siempre el significado que la celebración de las Navidades tiene para mí. Y a ésto podemos añadir que “… son capaces de devolvernos las ilusiones de nuestra infancia,  de traer de nuevo a la memoria del anciano los placeres de su juventud, de transportar al viajero y al marino, que están a miles de kilómetros de distancia, de vuelta al fuego y a la paz de sus hogares”, en palabras del propio C. Dickens.

EN UN PRINCIPIO

Sí, las Navidades han sido desde que guardo recuerdo, una época muy especial para mí. La gran celebración anual, el momento que se espera con impaciente delectación durante todo el año, el punto a partir del cual se organizan todas las actividades de la vida y que le da sentido.

No puedo imaginar una vida sin celebración de la Navidad. He crecido con la expectación gozosa de la aproximación de las Navidades, una cuenta atrás para la llegada de un sinfín  de maravilla, abundancia, alegría y felicidad. Y con la promesa de renovación al cabo de otros doce meses.

Amo desesperadamente y sin fisuras el recuerdo de esas Navidades por encima de cualquier otro momento de mi infancia, juventud y vida adulta. Y es ese mismo amor desesperado y casi doloroso el que me lleva a preguntarme si en verdad esas Navidades que añoro existieron en realidad.

AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS

Cuando era niño la Navidad era la época más feliz del año. Fui un niño extraño, para el que las vacaciones de verano eran un período de insoportable calor y aburrimiento, y que anhelaba el olor de los libros nuevos recién comprados que señalaban el inminente retorno a las clases.

La Navidad era, en cambio, un tiempo de dicha infinita.

Durante las Navidades todo era abundancia y exceso. Exceso en la comida: evoco fácilmente aquella sensación de “mariposas” en el estómago al descubrir las cajas de mantecados y polvorones que traía mi madre a casa y que actuaban de verdaderos heraldos de la llegada de las Navidades. Exceso en la televisión con todas aquellas películas y series especiales de Navidad. Exceso en las celebraciones, sobre todo en Nochevieja, cuando se nos permitía trasnochar hasta tarde jugando y viendo la televisión y bebiendo esos sorbitos de champán que te ponían piripi y que te iniciaban en los misterios de la vida adulta. Exceso en las salidas, pues era cuando tus padres te llevaban de compras y a ver los belenes vivientes atravesando un paisaje urbano conocido pero ahora transformado en un mágico mundo de atronadoras luces de colores.

Sí, todo era excesivo, y me hacía sentirme más vivo que en ningún otro momento.

JINGLE BELLS FOR EVER

Y cómo adoraba aquellas películas americanas e inglesas, con sus Navidades nevadas, sus maravillosas canciones, su colorido, y sus finales (en aquellas fechas más que nunca) felices en los que triunfaban la bondad y lo que para mí era entonces la justicia. Sí, no imaginaba que se pudiera ser más feliz.

Mientras estoy escribiendo ésto, escucho las canciones navideñas de mi idolatrado Bing Crosby, y aún ahora me siguen colmando de aquella nostalgia de otros tiempos felices que ya entonces sentía. Soy consciente que esa sensación no está ahora más justificada que entonces.

Así fui creciendo, y conformando en mi cabecita un idealizado mundo anglosajón de literatura, películas y músicas, así como un amor y placer supremos por la lengua de Shakespeare que estoy seguro me acompañará hasta el día de mi muerte.

UNA REFLEXIÓN ADULTA

Aunque todos esos sentimientos me siguen acompañando a día de hoy, en algo si me ha cambiado la experiencia de la vida. He alcanzado a racionalizar mi vivencia navideña. Y a ésto se refiere el título de esta entrada en el diario: La Navidad como tregua.

LA CASITA DE LA FELICIDAD PERDIDA

La Navidad es una creación septentrional. Pensemos en la típica imagen de película navideña: es noche cerrada, a través de un paisaje nevado de conmovedora y cruel belleza vemos avanzar a una solitaria e insignificante figura humana que valerosa y desesperadamente arrostra la cruel ventisca. Finalmente alcanza la puerta de una encantadora casita centroeuropea que ostenta los conocidos adornos navideños. El hombre (habitualmente es un hombre) llama a la puerta repetidas veces y cuando parece que nadie acudirá en su auxilio la puerta se abre y el recién llegado es admitido con besos y abrazos a una luminosa e idílica escena de voces y risas, de calor y compañía. La puerta se cierra y fuera quedan la oscuridad, la ventisca y la soledad. ¿Puede haber una imagen más reconfortante?

COSAS QUE NOS FASTIDIAN. COSAS QUE NOS AVERGÜENZAN

A ésto me refiero con la idea de la Navidad como tregua. La oscuridad, el frío y la soledad simbolizan las dificultades y los sinsabores de nuestra vida diaria. Y la escena del interior de la casa simboliza… no creo que sea necesario explicar lo que simboliza. Pero la alegoría no se agota en esta explicación. En nuestro día a día no sólo tenemos que ocupar una parte importante de nuestro tiempo, esfuerzo y recursos en cosas tales cómo el trabajo, transporte, alimentación y otras servidumbres fisiológicas sino que también nos vemos enfrentados a la inevitabilidad  o conveniencia de hacer otras cosas que nos repugnan y de las que no nos sentimos orgullosos. Son esas cosas que desgraciadamente configuran nuestra competencia diaria por la supervivencia en los ámbitos profesional y social. Ése compañero de trabajo por encima del que intentamos descollar ante nuestro jefe ( y siempre hay un jefe, del mismo modo que siempre hay un pez más pequeño). Ese otro al que debemos justa o injustamente reprender o incluso castigar por el bien de la empresa o del grupo. Ese desconocido o allegado al que perjudicamos (nos decimos a nosotros mismos que sólo un poco y de  manera totalmente temporal, o el tan socorrido “si no lo hago yo otro lo hará”) por mor de conseguir algún beneficio. En fin, y tantas y tantas situaciones. De todas esas servidumbres y afanes, ciertas o imaginadas nos libera la Navidad. De todas ellas nos gusta imaginarnos liberados en las Navidades.

Por un tiempo.

El que dura la tregua.

UN ÚLTIMO VASO DE PONCHE Y …

Pero ahora ya toca despedirse, colocarnos el gorro de lana, la bufanda y el abrigo y con un último suspiro de nostalgia por lo que dejamos atrás, dar la espalda a esa imagen hogareña, abrir la puerta y adentrarnos de nuevo en la oscuridad y la ventisca.

Hasta las próximas Navidades.

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