EL SABIO Y EL AMOR

Un sabio quería averiguar qué cosa extraña era el amor, pues le habían encargado su definición para una enciclopedia. A tal fin se despidió del ama de llaves, abandonó su biblioteca y recorrió el mundo. Siempre que le preguntaban contestaba con sinceridad: «Busco el amor», lo cual provocaba carcajadas porque el sabio no era muy agraciado. Por más que lo intentó, no halló un ejemplo de verdadero amor. Si llegaba a sus oídos que una pareja joven se amaba, acudía raudo a examinarlos de cerca, lo cual le ocasionó no pocos contratiempos. Pero tras una evaluación minuciosa, siempre dictaminaba que allí entraban en juego las hormonas, el deseo y la lujuria, y nada más. Donde todos veían el amor de unos padres por sus hijos, el sabio, tras profundo análisis, sólo veía el impulso de la vida por perpetuarse y un patético intento por asegurarse cuidados en la vejez. Cuando observaba a una pareja de ancianos que llevaban mucho tiempo juntos, el sabio sólo veía los lazos de la rutina, el cansancio de una larga vida y la incapacidad para buscarse otro compañero. Hastiado tras incontables años de búsqueda infructuosa, regresó derrotado a su biblioteca. El ama de llaves, envejecida al igual que él, se alegró mucho de verlo y le dijo que temía que le hubiera ocurrido una desgracia. El sabio, malinterpretando su interés, profirió palabras terribles, vomitando sobre ella toda la amargura por su fracaso: «No tenías que preocuparte de nada, a mi partida dejé resuelta tu manuntención y tu alojamiento en esta casa». La mujer,  conteniendo las lágrimas, le llamó viejo estúpido, y le dijo que no reconocería el amor aunque lo tuviera delante de sus narices. Luego recogió sus cosas y se marchó, dejando al sabio sumido en profundas cavilaciones. De lo que ocurrió a continuación no se sabe mucho, aunque es conocido que el sabio no volvió a trabajar para ninguna enciclopedia, si es que eso puede darnos alguna pista.

FIN

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HOMENAJE A LEONARD COHEN

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El pasado siete de noviembre fallecía el gran bardo canadiense Leonard Cohen, a los ochenta años de edad. Entonces no quise escribir nada sobre él; el impacto estaba demasiado reciente, y el ruido en los medios de comunicación invitaban al sosiego y la meditación.

Ahora puedo por fin hacerle mi pequeño homenaje.

He sido un gran admirador de Leonard Cohen desde mi adolescencia. Su deceso, más allá de la pena por la muerte de un ser humano al que se admira y creemos conocer, nos conmociona porque, de forma inevitable, nos obliga a una reflexión sobre nuestra propia trayectoria vital.

Su figura, con esa mezcla de timidez —siempre fue celoso de su vida privada— y atrevimiento sin complejos a la hora de narrar los sentimientos del ser humano, con su poética inconfundible, nos ha acompañado a muchos a lo largo de nuestras vidas.

Le echaremos de menos como echamos de menos a los poetas, no como a alguien que nos surte de pan cada mañana, sino como alguien que nos hace tolerable la espera, alguien que nos recuerda que no somos tan buenos como nos creemos, y lo más importante, que tampoco somos tan culpables. Seres humanos al fin y al cabo en este festival de debilidades, miedos, dudas y caos que es la vida sobre la Tierra.

Desde que supe la noticia, he vuelto a escuchar muchas de sus canciones. No soy un gran amante del flamenco, y por eso me resulta especialmente sorprendente que prácticamente desde el principio, el trabajo de Enrique Morente “Omega” de 1996, haya sido el que más he escuchado. Morente y Cohen congeniaron enseguida, y de su conexión salió reforzado ese universo lorquiano que ambos admiraban. Fruto de esa relación es el disco “Omega”. En él hay muchos temas de calado, pero recomiendo en especial las versiones de  “Take this waltz”, “Aleluya” y “Manhattan (First we take Manhattan)”, por razones obvias.

Leonard Cohen, descanse en paz.

LA CITA

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Un pequeño homenaje en el día mundial de las bibliotecas.

Anoche soñé que volvía a la biblioteca; otra vez. Se adueñó de mí la urgencia de una cita ineludible. A las doce en “escritores extranjeros”, ante la “R” de Rudyard Kipling. Sombras ajenas conocidas espiaban mis pasos; ¿a quién le sorprenden las sombras en un sueño? El bibliotecario murmura admoniciones. Me entretengo en la sección de “Fantasía y ciencia ficción”, como tantas veces. Ni el motor del sueño me libera de esa rutina. Debo continuar. La impaciencia innegociable de los sueños me atenaza. He llegado. Suenan las campanadas. Ella no ha venido. Otra vez. La angustia me inunda como un fuego impío. ¿Y si no era aquí? ¿Si no era la hora? Recorro con los dedos los lomos de los libros. De pronto me desborda una carcajada hasta ahora contenida. ¿“R” de “Kipling”? ¿Acaso el sueño es un error? ¿O peor, una broma?
Anoche soñé que me despertaba en la biblioteca. Oigo las campanadas. Ella se acerca; sé que nunca se reunirá conmigo. Creo comprender. La cita es en tantas letras. No caben certezas. Sólo entretener la espera.

Hoy iré a la biblioteca.

MUNDOS PERSISTENTES: atrévete a navegar.

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Estoy muy nervioso. Acabo de publicar mi primer libro en Amazon. Es una novela corta de Ciencia Ficción titulada “Mundos Persistentes”. Lo que sigue es la sinopsis y el primer capítulo. Ojalá lo disfrutéis. Muchísimas gracias.

 Ah, si compráis el libro (como veis, soy optimista) y no veis bien las notas al final, probar en dos columnas. Lo siento, es algo que tendré que arreglar en la 2ª edición.

Está prohibido jugar. Los mundos online están proscritos y sus seguidores perseguidos. El agente Eric Kepler creía estar preparado para todo. Tenía fama de eficiente y despiadado, incluso para los estándares de ALICIA. En la Agencia se le consideraba una leyenda, y él mismo se jactaba de estar preparado para cualquier cosa: era su trabajo, y lo hacía muy bien. Pero lo que le aguardaba más allá de aquella fabulosa verja iba a poner a prueba algo más que su seguridad en sí mismo.

Mucho más.

Hasta un punto que nunca habría podido imaginar.

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