De las costumbres bélicas y otros asuntos  de las naciones de Marte

 

cronicas marcianas 3000
Martian Chronicles cover

En línea con el anterior relato, “Viaje con nosotros”, aquí os presento una pequeña guía sobre el turismo en Marte. Como veréis, la truculencia y la vesanía no son patrimonio exclusivo de la especie humana. Por fortuna, la esperanza y el anhelo por un futuro mejor, tampoco.

El gusto por la guerra es algo consustancial a los habitantes del cuarto planeta desde el sol, y probablemente el único rasgo que tienen en común. Establecido lo anterior hay otra cosa que debe quedar clara: ninguno de los pueblos de Marte comparte un mismo nombre para el planeta. De hecho, imponer la denominación que consideran legítima es uno de los principales objetivos de sus continuos enfrentamientos. Los ideólogos de la guerra desecharon hace tiempo el término «razones», en una demostración de sinceridad poco común entre las especies inteligentes. A continuación, esbozaremos las características de sus más ilustres pueblos guerreros.

Los burrougsianos se jactan de ser los más bellos, belicosos y despiadados. También de poseer los ojos más grandes y largos, de tratar peor a sus mujeres, y otras proezas del mismo estilo. Son nómadas, recorren las planicies de las tierras bajas y mantienen en secreto el nombre que le dan al planeta, lo cual no es óbice para declarar una guerra tras otra contra cualquier pueblo que no llame a Marte igual que ellos. Se ha dado el caso de incautos viajeros torturados hasta la muerte sin revelar su nación de origen, con el fin de evitar a sus conciudadanos una guerra de exterminio. Pero también se rumorea que agentes enviados por otros pueblos, bajo terribles tormentos y justo antes de morir, han fingido pertenecer a  una nación sólo para lanzar sobre ella a las temibles hordas de las planicies. Como dicen en Marte, todo vale en la guerra. Los burrougsianos marchan a la batalla a lomos de mastodónticas bestias de ocho patas y dieciséis cabezas. De no ser por el terror que semejante visión concita en sus adversarios, no obtendrían victoria alguna, ya que son bravucones, desorganizados y prestos a la huida. A pesar de ello, se recomienda no frecuentar su compañía.

Los schiaparelianos son altos y dorados, de gran belleza, amantes de la poesía y tan livianos como la atmósfera de las montañas de Marte. Disputan a sus parientes los lowelianos, con los que comparten aspecto y costumbres, el dominio de los canales de arenas de colores cambiantes. Ambos reclaman para sí el ser los auténticos descendientes de aquellos que surcaron en barcos de cristal, hace mucho tiempo, los océanos del planeta. Ambos han culpado siempre de la desaparición del agua, sin ninguna prueba, a las otras naciones de Marte. En verano, cuando las violentas tormentas marcianas se aplacan, schiaparelianos y lowelianos recorren los canales saqueando las ciudades costeras y matando a hombres, mujeres y niños. No hacen prisioneros ni presumen de sus hazañas por la misma razón: consideran la esclavitud y la jactancia impropias de seres civilizados. No pretenden imponer su nombre para el planeta, ocupados como están en vengarse de todos hasta que llegue el fin del mundo. Los sabios de ambos pueblos, que como se ve tienen más en común de lo que les gusta reconocer, sostienen que Marte es el centro del universo, que las estrellas están deshabitadas, y que el abismo del espacio sólo alberga a monstruos terribles. El respeto a la discordancia de opiniones no es una de sus virtudes, y por ello aconsejamos mantenerse a prudente distancia de los canales.

Los bradburianos poseen la civilización más desarrollada y de mayor talento artístico. Habitan ciudades de torres como agujas y avenidas ajedrezadas, asisten a conciertos, festivales de teatro y celebran verbenas junto a los canales. Mantienen vigilancia por si atacan los schiaparelianos o sus primos, pero más como tradición que por peligro real, ya que son el único pueblo al que no han saqueado desde hace siglos. Tampoco son frecuentes los ataques de los burrougsianos. Cuando alguna horda despistada se presenta en son de guerra, basta un puñado de bradburianos para ponerla en fuga. Sus máscaras de batalla aterrorizan a las bestias de múltiples cabezas y sus pistolas de insectos diezman a los habitantes de las planicies. Si alguien piensa que la visita a este pueblo amante del arte, y a la vez poderoso en la guerra, es una opción recomendable, debe desechar de inmediato esa idea. Los bradburianos suplen la ausencia de enemigos exteriores atacándose entre sí. Son muy celosos y no toleran una palabra amable, un chiste con doble sentido ni tan siquiera una mirada a sus mujeres. Los desafíos son algo tan frecuente, que se ha debatido en el senado el prohibir la asistencia a los conciertos y al teatro a los participantes en un duelo, entiéndase a los supervivientes, una pena reservada sólo a los mayores criminales. A la hora de admirar las maravillas arquitectónicas de las ciudades de los bradburianos, invitamos a no hacerlo desde muy cerca.

Los wellsianos merecerían un capítulo aparte. Son un pueblo difícil de describir, y sus costumbres desafían en muchos casos al sentido común o incluso a la cordura. Se consideran llamados a unificar bajo su mando a las naciones de Marte para luego lanzarse a la conquista de otros planetas. Al contrario que los schiaparelianos, los wellsianos creen que es posible navegar por el espacio, que hay una infinitud de mundos y que muchos de ellos están habitados. Hasta donde sabemos carecen de ciencia que pueda justificar tal grado de perspicacia. Lo más parecido es un rito en el que beben grandes cantidades de destilado de arena azul, licor que ni los burrougsianos osan tomar por sus propiedades tóxicas y alucinógenas. A continuación, sumidos en un trance, y de forma ininteligible, predicen durante horas todo tipo de acontecimientos futuros. No sólo eso, también ingieren el mismo licor, pero mezclado con otras sustancias antes de entrar en combate. Están convencidos, indiferentes al efecto de la experiencia, que dicho brebaje los hace invisibles. A pesar de ser masacrados en la batalla, ellos siguen sin recapacitar. Este pueblo de locos tal vez deba ser tenido más en cuenta, y es que cada vez hay más soldados de pueblos enemigos que aseguran haber sido atacados por algo que no podían ver. El contacto con los wellsianos no reviste especial peligro, siempre que uno se abstenga de libar el destilado de arena azul.

No puedo finalizar estas notas sin hablar del Festival de la estrella azul. Cada cuatro años se declara una tregua y todas las naciones de Marte envían a sus representantes a la montaña más alta del planeta, la meseta del monte Olimpo. Durante quince días los asistentes participan en actividades de toda índole. El pretexto es celebrar que el brillo de la que llaman Estrella azul adquiere su mayor intensidad en el firmamento nocturno. Es también un tiempo de reflexión y puesta en común de ideas. Según testimonios creíbles, algunos oradores predican que la Estrella azul es en realidad un planeta. Un planeta en el que sus habitantes, unidos en una sola nación, viven en paz y armonía, al contrario que los marcianos. Ante un público entregado, exhortan a construir en Marte un paraíso a imagen del existente en la Estrella azul. La visita al monte Olimpo en tales citas periódicas constituye una oportunidad que ningún viajero debe perderse. Rogamos encarecidamente asistir a las obras de teatro, escuchar los conciertos inscribirse en cuantos certámenes puedan. Sólo deben estar atentos, eso sí, a evitar las competiciones de bebida en las que tomen parte los wellsianos. En tales lides son invencibles.

 

Fin de

De las costumbres bélicas y otros asuntos

de las naciones de Marte

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PS: como sin duda habréis notado, con este relato homenajeo –de hecho, no dejo de hacerlo siempre que puedo– a tres autores que idolatro, y a dos astrónomos con quienes comparto una misma obsesión.

 

4 comentarios en “De las costumbres bélicas y otros asuntos  de las naciones de Marte

    1. Sei molto gentile a dedicare tempo alle mie storie, cara Shera. Per uno come me, che si preoccupa più del lato negativo delle cose, è sempre rinvigorente leggere le tue cronache dell’estate e riempirmi della tua gioia di vivere. Grazie mille, e un abbraccio da la sorella Spagna.

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