Tren al Río de la Luz I

high angle view of train on railroad tracks
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¿Quién no ha pensado alguna vez que había subido al tren equivocado? Saltéis o no saltéis abajo, siempre os arrepentiréis. Tal es vuestra naturaleza.

Recuerdo la noche en que el gigantón de Jesse irrumpió en el campamento de los sin techo, a las afueras de San Luis, con su andar desgarbado y mirada de pocos amigos. ¿A quién pretendía engañar? Saltaba a la vista que era un novato. Los vagabundos detectan esas cosas, y se dispusieron a aplicarle la bienvenida habitual. No es que fueran especialmente malvados, nada de eso; era solo que cuánto antes aprendiera, más posibilidades tendría de sobrevivir entre los trotamundos y saltatrenes. Principiaba marzo de 1930 y muchos de los que la Gran Depresión había arrojado a los caminos no verían la primavera, incapaces de superar las exigencias de la vida errante. En el fondo, era por su bien. Además, siempre se agradecía un poco de diversión, y aquel muchachote de ojos azules soñadores que intentaba ocultar un marcado acento del este bien podía prescindir de sus escasas pertenencias y de algunos dientes. 

Pero aquella noche no hubo espectáculo. Josh era el Emperador, dirimía las disputas entre los errantes y todos lo respetaban. Josh tenía más años, había recorrido más caminos, visitado más lugares, subido en más trenes y esquivado a más bulls, como llamaban a los violentos vigilantes a sueldo del ferrocarril, que ninguno de ellos. Por eso era el Emperador, y por eso cuando invitó a Jesse a sentarse a su lado junto al fuego, nadie protestó, aunque fuera la primera vez que sucedía. Todo lo que Josh llegó a explicarle es que lo había hecho por el gran parecido de sus nombres. Jesse, poco tiempo después, le abrió su corazón. Le contó que había sido un niño con pasión por la poesía y el teatro, pero como heredero de una importante empresa de Nueva York inició los estudios de abogado por complacer a su padre. Luego vino el crack de septiembre del 29, y lo perdieron todo. Su padre saltó al vacío desde un décimo piso delante de él. Su madre moriría de pena días después y él se lanzó a los caminos. Josh no le contó nada de su pasado.

Durante la primavera y el verano que pasaron juntos, el Emperador impartió a su protegido un curso acelerado, como si se acercara el fin del mundo. Le enseñó las marcas secretas de los vagabundos, con las que se advertían unos a otros; a esquivar a los vigilantes por la noche, para subir a los trenes de mercancías en las vías muertas y, solo cuando la necesidad apremiaba, a saltar a los vagones en marcha a plena luz del día, ya que era muy peligroso. Jesse aprendió también el itinerario anual que seguían los errantes, siempre persiguiendo el buen tiempo, y por eso le sorprendió cuando, a finales de septiembre, el Emperador lo condujo hacia Felicity.

Felicity era un pueblucho en la frontera entre Misuri e Illinois, en medio de la nada, abandonado desde antes de la Gran Depresión, que albergaba un cambio de agujas casi tan en desuso como la población. Eran pocos los trenes que llegaban a Felicity desde el sur o el este para desviarse hacia la cálida California, y aún menos los que se dirigían al norte, rumbo a los Grandes Lagos y Canadá. Los días eran más cortos y las noches más frías, pero Josh dijo que siempre había querido conocer el Gran Norte, y no hubo más que hablar. 

Llevaban menos de un día apostados en la espesura, media milla al norte del desvío, cuando Josh saltó a las vías preso de inquietud y entusiasmo juveniles. Le urgía con gestos para que se aproximara, pero a Jesse la curva le impedía ver ni oír nada. Había algo más, algo que no conseguía identificar y lo mantenía fijo al suelo. Estaba a punto de descubrir que podía ser pánico cuando Josh lo agarró del brazo y lo arrancó de su parálisis. Entonces lo vio, bajo el sol inclemente del mediodía, un tren negro como la noche que entraba en la curva a baja velocidad.

Continuará…

3 comentarios en “Tren al Río de la Luz I

  1. Pingback: Tren al Río de la Luz II (continuación) – Peregrinos de la tierra en sombras

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