El lado soleado de la vida

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Al igual que hay un lado oscuro y lleno de penalidades, existe un lado brillante y soleado en la vida. ¿Quién no pagaría cualquier precio por permanecer siempre en él? 

El escritor cerró el ordenador portátil y miró más allá de la ventana de la biblioteca. Francisca, su joven esposa, esquivaba, entre risas y movimientos coquetos, a los operarios que atravesaban el jardín con los paneles solares a cuestas, mientras se dirigía hacia el taxi que la aguardaba.

En verdad podía sentirse satisfecho. Nadie escapaba a los encantos de Francisca, tanto si eran miembros de la alta sociedad o toscos trabajadores. Desde que se casara con ella, actriz del momento, había pasado de ser un escritor desconocido para el gran público, a liderar las listas de ventas. El éxito y la posición social que llevaba una vida persiguiendo, eran suyos por fin. Al igual que el sol que ascendía en el cielo limpio de nubes, él se dirigía a lo más alto. Sí, tenía motivos para sentirse satisfecho.

En realidad, su primer matrimonio nunca había superado la negativa del escritor a tener hijos. Siempre tuvo pánico de no ser el padre que habría querido tener. Por eso, cuando el nuevo agente literario le propuso divorciarse de Inés, después de una vida juntos, no lo dudó. Con Francisca no existía ese problema; era igual de ambiciosa que él y ser madre no entraba en su plan de vida. A veces pensaba en llamar a Inés, pero cada vez con menos frecuencia.

También aconsejado por el nuevo agente había cambiado el estilo de escritura y adoptado nuevas temáticas, más actuales, de mayor interés para el gran público. No se avergonzaba de ello porque, ¿acaso no es ser leído lo que busca por encima de todo un escritor? Sobre la mesa de la biblioteca reposaba un contrato millonario por cinco libros que todavía no había empezado a escribir. Sí, la vida le sonreía.

Apático a pesar de todo, repasó de nuevo sus logros recientes, su flamante esposa, el éxito de ventas, la nueva casa en un barrio exclusivo. Precisamente hoy le instalaban los paneles solares; todas las mansiones de la urbanización los tenían. La camioneta de la empresa instaladora, SunnYnti, estaba aparcada en la calle. El logotipo de un sol que amanecía por detrás de una roca de extraña forma poligonal adornaba la puerta lateral, y a través de la ventanilla, el escritor vio a un niño sentado. Era rubio, de no más de ocho años, vestido de blanco y miraba hacia delante con una expresión de tal indiferencia que el escritor sintió un escalofrío. Parecía no esperar nada de la vida. Intrigado, bajó al jardín.

—El niño, ¿es hijo de alguno de ustedes? —preguntó a un joven fornido que acababa de lanzar un rollo de cables a su compañero del tejado.

—¿Qué niño? —contestó sin mirarlo.

—El de la camioneta.

—Ah, ese niño —dijo, entre ofendido y perplejo—. No, por supuesto que no.

—Entonces, ¿por qué los acompaña?

El operario lo miró durante unos segundos, y luego gritó hacia el tejado.

—Oye, Ata, el señor pregunta por el niño. ¿Qué le digo?

—¿Qué le dices? —resopló el joven del tejado, que parecía su hermano—. Huáscar, ten algo de iniciativa y no me calientes la cabeza. Ya hace bastante calorcito aquí. Improvisa, o dile lo de siempre.

—Exijo que me expliquen que hace ese niño en mi propiedad.

—En sentido estricto, no está todavía en su propiedad. Está en la calle —dijo Huáscar, se rascó la cabeza y añadió—.  Es lo habitual en estos casos. Está todo en el contrato.

—No recuerdo esa parte del contrato.

La gestión con la empresa de energía solar la había llevado Francisca, pero no le apetecía decírselo a los operarios.

—Pues es lo mismo que han aceptado sus vecinos. Me refiero a igualdad de tamaño del tejado, claro. La semana pasada instalamos paneles en el chalet de ese político tan popular, el de la esquina. Es enorme. Fueron necesarios dos niños.

El escritor no sabía si le tomaba el pelo, pero la posibilidad de que no fuera así comenzó a oprimirle la garganta.

—Quiero hablar con su jefe —balbuceó, tragó saliva y añadió—. Inmediatamente.

Huáscar silbó.  Ata se deslizó por el tejado y cayó con agilidad justo delante del escritor.

—Mire señor, a nosotros nos da igual acabar la instalación o no. Pero si nos vamos ahora, no sé cuándo volveremos. No siempre hay niños disponibles.

El nudo en la garganta le apretaba cada vez más. Una certeza terrible, pero al mismo tiempo liberadora, amanecía por sobre la oscura confusión de su mente.

—Entonces, Francisca conoce lo del niño —pensó en voz alta.

—Por supuesto que la señora estupenda lo sabe —intervino Huáscar— ¿Quién cree que consiguió que nuestro jefe nos enviara hoy aquí, saltándose la lista de espera?

—Tiene que existir otra manera.

—Entiendo que resulta un poco duro al principio —dijo Ata—, pero no hay otro modo de hacerlo. La gente piensa que la tecnología es solo fotones y electrones yendo de un lado a otro, pero siempre ha hecho falta algo más.

El escritor sonrió con amargura. Después de tanto luchar, de renunciar a tantas cosas, aún le faltaba un último obstáculo para alcanzar la cima; y era el más difícil. Solo tenía que dejarse llevar, mirar hacia otro lado,  compartir el éxito con Francisca y los demás vecinos, mantenerse en el lado soleado de la vida.

De repente, un sentimiento de paz desconocido lo anegó de la cabeza a los pies, y ya no dudó más. Por fin iba a descansar.

—Por favor, quisiera hablar con el señor Picoviejo —solicitó.

Ata llamó a su jefe. El  escritor conversó unos minutos con el dueño de la empresa y le devolvió el teléfono al instalador, que recibió instrucciones del señor Picoviejo antes de colgar.

—Subo a la biblioteca para imprimir los documentos que tengo que firmar. También quisiera escribir una carta, y vestirme para la ceremonia. Tengo tiempo, ¿verdad?

—No se preocupe. Aún nos queda media hora de instalación y el ritual no comenzará hasta las doce. En cuanto a la ropa, me temo que debe ser blanca, es la tradición —dijo Ata.

—¿Está seguro de que quiere hacerlo? —intervino Huáscar.

El escritor esbozó una sonrisa de la más absoluta satisfacción.

—Nunca he estado tan seguro en mi vida.

 

Fin de

El lado soleado de la vida

Keep on the sunny side

Vector Illustration of a Rural Landscape with Fields and Hills

 

16 comentarios en “El lado soleado de la vida

    1. Je, je. Pues me encanta que te haya producido ese efecto. El misterio en los relatos, como en la vida –uf, qué filosófico me ha quedado– es algo que adoro leer y que desearía transmitir en mis ficciones. Muchas gracias por comentar. Un saludo.

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  1. Eso daría para un relato más largo, o una “novella”. No te engañaré, me asomo a mis relatos como a relámpagos que iluminan brevemente la escena. Cuento lo q veo, y un poco lo q intuyo, pero el resto permanece en la oscuridad 😉. Ah, el misterio es el alimento de la vida. Muchas gracias por pasarte y comentar.

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