El club de los hombres (y las mujeres) ridículos II

 

 

Protesters crowd and police

Aquí continua y concluye El club de los hombres (y mujeres) ridículos I. La aventura de su enigmático protagonista alcanza un sorprendente —confío— desenlace.

—¿Y el discurso del solicitante?

—Ah, siente curiosidad. Pegue la oreja a esa puerta —dice Beatriz señalando al otro lado del saloncito.   

—Usted sabe quién soy. No puede pretender que me rebaje de esa manera.

La anciana, por toda respuesta, aletea con los brazos y dice cua cua. Dante, antes conocido por el hombre con gafas de sol, se encoge de hombros, se aproxima a la puerta y escucha.     

«(…) el ser humano es un virus —oye decir a una voz masculina—, una plaga para este planeta. Ustedes y yo compartimos un mismo objetivo: exterminar a la especie humana. Es por ello que exijo ser admitido en este club».  

A continuación, se desata una cacofonía de voces en varios idiomas: «es lo más ridículo que hemos oído en mucho tiempo»; «nos ha tomado por una asociación misántropa y misógina»; «eso que acabas de decir es ridículo»; «¿quién hace hoy de presidente?»; «¡presidenta!»; «eso sí que es ridículo».

«Por favor, un poco de silencio —se alza una voz femenina con acento nórdico—. Gracias. Apreciado solicitante, me temo que ha confundido por completo el objetivo de este club, un club antiquísimo, por cierto, que se remonta al siervo que susurraba al oído de César: “Recuerda que eres ridículo”, aunque los historiadores prefirieron cambiarlo. No es el odio a los hombres (y a las mujeres), sino el amor hacia ellos lo que nos une. Este club se basa en que todos los afanes, solemnidades y pretendidas grandezas de los seres humanos son en el fondo… ridículos. En la vorágine de nuestras vidas cotidianas, lo olvidamos demasiado a menudo. Nos reunimos para recordarlo. Comprenderá que no podemos aceptar su solicitud de ingreso». 

Dante, llevado por la curiosidad, mira por la cerradura. Contempla una especie de biblioteca, con varias figuras sentadas a una mesa en penumbra. En pie, con gesto despreciativo, y antes de que salga por la puerta opuesta de la biblioteca, puede reconocer al dueño de una poderosa plataforma de internet.

Cuando el hombre sale, las luces aumentan, y los rostros de los miembros del club se hacen visibles. Es un grupo heterogéneo; hay  empresarios, científicos, artistas, periodistas, incluso deportistas, y Dante los conoce a todos. 

—Querido, es su turno.  A eso ha venido, ¿no es cierto? —dice Beatriz.  

¿Verdaderamente era eso lo que pretendía su abuelo, piensa Dante? Sí, era típico de él. De pequeño le contaba historias divertidas de la España que conoció con las Brigadas Internacionales, durante la Guerra Civil y aunque también le habló de sufrimientos e injusticias, siempre extraía alguna enseñanza de ello. Tenía la capacidad de ver el lado bueno de las personas y las cosas. El padre de Dante, en cambio, fue una persona severa y despiadada que levantó un imperio económico.

—Beatriz, ahí dentro  no he visto políticos.

—Bueno contesta guiñándole un ojo, digamos que suelen creerse demasiado importantes. Y bien, ¿se decide?

De repente, la tarde se llena de sirenas en la calle y de estruendo de helicópteros sobrevolando. Dante mira hacia el balcón y luego a la anciana.

—Me han encontrado, y debo marcharme. De todos modos no iba a entrar. No puedo todavía. Tengo una responsabilidad. Muchas personas dependen de mí.

—Suena terriblemente solemne, pero lo entiendo. Cuando esté preparado, ya sabe donde encontrarnos, aunque tal vez yo ya no esté. 

Dante le da un beso en la mejilla, susurra gracias, se pone las gafas de sol y corre a la salida; le esperan ocho pisos de escaleras.

El portal está repleto de hombres de negro. Al verlo llegar, uno de ellos se lleva la mano a la muñeca y dice en inglés:

—Atención, Número Uno localizado, repito, Número Uno localizado. Procedemos a evacuación —y luego añade en dirección al hombre que ya no es Dante—. Presidente, rápido, por aquí. Nos ha costado mucho encontrarlo. 

—¿Era necesario este despliegue? —dice el hombre del sombrero de Indiana Jones—. No parece muy discreto.

—No había tiempo. La manifestación antiglobalización comienza en media hora, y ya hay mucha gente.     

Salen a la calle. Los agentes rodean al presidente, despliegan una carpa negra sobre sus cabezas y corren hasta el helicóptero en mitad de la calzada. Tras el cordón policial, un niño se suelta de la mano de un hombre mayor y señala hacia la carpa multípeda.

—Mira, abuelo, parece una cucaracha.

La gente estalla en una gran risotada, perfectamente audible para el presidente mientras sube al helicóptero.

— ¿En qué demonios pensabas cuando anulaste el localizador? Dios, creía que no era posible —le grita la jefe de protocolo alzando su voz por encima del rugido del motor y del griterío de la calle que repite «¡cucaracha, cucaracha!»—. No sé cómo vamos a explicar todo esto. Ya hablaremos luego, ahora tienes que vestirte y repasar tu discurso para la cumbre. 

La mujer bombardea al presidente con indicaciones, pero él sonríe; no consigue quitarse de la cabeza la imagen de la carpa negra con las piernas asomando por debajo, hasta que suelta una carcajada, larga, poderosa, liberadora. 

El niño tenía razón. 

Debían tener un aspecto ridículo.

 

Fin de

El club de los hombres (y las mujeres) ridículos

 

Si te apetece, puedes leer la primera parte del relato aquí.

5 comentarios en “El club de los hombres (y las mujeres) ridículos II

  1. Pingback: El club de los hombres (y las mujeres) ridículos I – Peregrinos de la tierra en sombras

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