Carretera de montaña

aerial photography of zig zag road
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Nunca se repetirá bastante el célebre adagio: “Ten cuidado con lo que deseas”.

Juan se despidió de los compañeros y subió al coche. Le pareció que Carmen demoraba el momento de partir, con un beso en la mejilla más largo de lo habitual. Lástima que no le pillara de paso, se habría ofrecido a llevarla. Isabel, de contabilidad, vivía cerca de ella y las dos marcharon juntas. El mismo ritual se repetía cada viernes: después del trabajo tomaban unas cervezas y luego cada uno se marchaba a casa, o al menos él lo hacía. Juan sonrió para sí mientras configuraba el navegador. No era la primera vez que dejaba volar a su imaginación. Se consideraba un hombre felizmente casado, con dos niños pequeños y una mujer a los que adoraba, pero creía que esas inocentes fantasías no hacían ningún daño. Estaba convencido de que, en caso de hacerse realidad, no se atrevería a dar el paso final, aunque quién sabe. Escribió un mensaje a su mujer diciéndole que llegaría mucho antes de la cena.

La autovía, en condiciones normales, le llevaba a su casa en la sierra en treinta minutos. Con el atasco de los viernes empleaba más de una hora. Por eso a veces optaba por la carretera comarcal. No lo hacía a menudo. El trayecto era más largo, lleno de curvas e implicaba un pequeño puerto de montaña. Él siempre había sido de ciudad y ni antes ni ahora le gustaba pasear o hacer excursiones por la sierra, pero se habían comprado una vivienda lejos de la capital porque era más barata. A pesar de todo, conducir por la carretera comarcal le producía placer. El paisaje no tenía comparación: campos de cultivo, praderas con vacas y de telón de fondo las montañas resplandecientes bajo el sol de la tarde. Se repetía que era un privilegiado al vivir libre de la contaminación y el ruido de la gran urbe, que era afortunado de tener unos hijos y una mujer maravillosos. Y así hasta que llegaba al garaje, salía del coche y entraba arrastrando los pies en la cocina.

Era excepcional que le tocara un camión lento o una furgoneta renqueante. Cuando eso pasaba, se maldecía por no haber ido por la autovía. Este viernes estaba teniendo suerte. La carretera era sólo para él. Inició el ascenso del puerto y con ello las curvas. En los giros a la izquierda el sol le cegaba y disminuía la velocidad. Imaginaba que era un conductor de ralis, ajustándose a las curvas o cortándolas cuando no venía nadie en sentido contrario. De pronto oyó un zumbido en los asientos de atrás. Tardó en darse cuenta, creyéndolo algún problema mecánico, de que podría ser una abeja u otro insecto parecido. El zumbido iba en aumento, y pronto pasó a la parte delantera. Juan se preciaba de no sentir pánico por avispas y similares. Él mantenía la calma, no como esas personas que enloquecían ante cualquier bicho. Estaba a punto de coronar el puerto cuando la abeja —había decidido que esa era la causante—, bien por azar, las fluctuaciones del aire en el habitáculo o alguna recóndita intención, revoloteó por delante de su boca. Juan no hizo ningún movimiento brusco, pero empezó a sudar. Aquella abeja no sabía a quién se enfrentaba, pensó. Estaba seguro que cualquier otro ya habría empezado a dar manotazos y golpes de volante. Pero él no. Bajó la ventanilla y aceleró confiando en que la corriente arrastraría al insecto fuera del coche. Alcanzó el puerto, y enfiló las primeras pendientes de bajada, sin que el incordio volador desistiera de sus acrobacias. El descenso era más pronunciado de lo que recordaba, y en una de las curvas la abeja se posó directamente sobre su nariz. Juan soltó una mano del volante y se palmeó con fuerza la cara. El coche dio un bandazo, atravesó el quitamiedos y cayó al vacío.

Abrió los ojos. El mundo estaba del revés y le dolía horrores el brazo derecho.  La comprensión de que colgaba cabeza abajo se abrió paso en su mente. Cuando se disponía a soltar el cinturón, un familiar zumbido llamó su atención. Los cristales estaban destrozados y a pesar de ello la dichosa abeja no le había abandonado. Eso tenía que significar algo. Antes de desmayarse de nuevo, imaginó que se trataba en realidad de un genio maravilloso que le concedería lo que pidiera.

Los bomberos acababan de extraer el cuerpo hinchado de Juan del vehículo cuando llegó el forense. En su opinión no había ninguna duda. El pobre hombre sobrevivió a la caída, pero algo que había comido o la picadura de un bicho le produjo  un shock anafiláctico y la muerte. Un caso en verdad desafortunado.

Fin de

Carretera de montaña

bee perched on white petaled flower closeup photography
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