La bruja del acantilado

beach calm cliffs coast line
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La mezquindad y la malicia, especialmente si van de la mano de la ignorancia y la necesidad son malas consejeras a la hora de tratar al diferente. Muchas veces tales personas se convierten en blanco del desahogo de nuestras vidas insatisfechas y miserables.

Os aseguro que nunca he conocido a una vieja que corriera tanto con una pata de palo. Me diréis que no es algo frecuente ahora, pero tampoco cuando yo era niño. Mi memoria no es la que era, y menos con el gaznate seco. Así está mejor, os estoy agradecido.

Pero, por cien mil truenos, ¿qué es esto, agua? Sin ánimo de ofender a vuesas mercedes, preferiría vino. Intentaré que os hagáis una idea. Sólo de recordarla me entran temblores. La cara, de tan picada de viruelas, no dejaba espacio para las arrugas. Tenía cuatro pelos en la cabeza, un tomate por nariz y una raja bajo ella por la que asomaban los dientes más negros que he visto. Un bulto que parecía una segunda cabeza le salía de la espalda, y su cuerpo se asemejaba a un saco de patatas. ¿Es de extrañar que le lanzáramos piedras?, aunque nunca la acertamos; ya os he dicho que corría como el Diablo. Más de una vez,  soltamos a las cabras que tenía en su casa del acantilado. Cosas de chiquillos, y de todos modos las condenadas siempre regresaban. Un día que estuve muy enfermo la vieja vino a nuestra casa. Sólo recuerdo el nauseabundo brebaje con que intentó envenenarme. Pero sobreviví. Una noche, un barco naufragó cerca de la costa. Mi padre y yo, como buenos cristianos, buscábamos supervivientes en la playa cuando, a la luz de un relámpago, descubrí un cofre que flotaba entre las olas. Movido por mi afán de servicio al Rey nuestro señor, nadé hasta él. Las olas me hundieron y tragué tanta agua que no podía respirar. Ya creía llegada mi hora cuando noté que algo duro, como un palo, tiraba de mí. Al despertar, aquella horrible vieja estaba a mi lado en la arena, dándome bofetadas y golpes en el pecho. Pedí socorro, y antes de que acudieran los demás, la vieja se colocó la pata de palo y salió corriendo como alma perseguida por Satanás, o más bien a reunirse con él, abandonando el cofre que pretendía robarme, quiero decir robarle al Rey. Esa fue la segunda vez que intentó matarme. Ojalá el Señor le haya dado su castigo. Amen.

Fin de

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