Adiós a la luz

lighted candle
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Vivimos huyendo de nuestros temores personales, aterrorizados por si un día se hacen realidad. Sin embargo, el devenir caprichoso de nuestra existencia nos enseña a menudo que aquello que más tememos no es lo peor que puede pasarnos. 

El pánico a no ver la luz de nuevo lo paralizó. Volvió a ser un niño en el funeral de su abuelo. Desafiado por sus primos, se había introducido en el ataúd. Había querido mucho a su abuelo, pero aquel cuerpo era el de un extraño; su insana gelidez lo aterrorizó. La tapa del ataúd cayó sobre él y todo fue oscuridad.

No podía gritar, ni moverse, como ahora. Durante aquella eternidad de desesperación tuvo la certeza de que nunca volvería a ver la luz. Los adultos le encontraron transcurridos pocos minutos, pero ya nunca soportaría la oscuridad ni los espacios cerrados.

Pero, ¿dónde se encontraba? ¿Cuánto llevaba allí? ¿Horas, días, tal vez semanas? Intentó ser racional, sobreponerse, hasta que la asfixiante oscuridad lo golpeó como un alud, se filtró a través de los poros de su cuerpo y le heló los pulmones. No se atrevía a gritar, y aquel silencio resultó más devastador que el mayor de los estruendos. Se veía a sí mismo habitando la peor de sus pesadillas. Nunca volvería a ver la luz.

Se dijo que deliraba, que alguien lo echaría en falta y vendría a buscarlo. Era inútil. No conseguía sacarse de la cabeza la idea de que estaba solo y abandonado; como una barrena, aquel pensamiento penetraba cada vez más en su cerebro y le precipitaba en un abismo negro y sin fondo: nunca volvería a ver la luz.

El ruido de una persiana interrumpió su desesperación y algo húmedo le rozó la cara.

—¿Puede oírme, Mr. Ramírez? —dijo una voz con acento árabe. Asintió con la cabeza—. Voy a retirarle la venda de los ojos.

Descubrió que la oscuridad se había difuminado, como herida por el recuerdo de un resplandor apenas intuido, y luego una explosión de luz lo consumió. Cuando abrió los ojos vio que la habitación estaba en penumbra. Una mujer morena le apretaba la mano y lo miraba con piedad.

—Ha estado en coma. Tiene brazos y piernas rotos, pero curarán. Lo peor eran sus ojos y han sanado muy bien.

Volvería a ver la luz. Eso era lo único que importaba. Una alegría salvaje arrastró todos sus terrores. Lloró de felicidad.

Otra oscuridad más profunda, la de sus recuerdos, empezó también a disiparse. La mujer continuaba mirándolo con rostro serio. Entonces lo recordó todo. Él se había rezagado en el museo, cuando la explosión lo lanzó por los aires. De entre la bruma de su memoria le llegó la imagen borrosa de los cuerpos destrozados de su esposa e hijas, en medio de fragmentos de sarcófagos de faraones. Luego todo fue oscuridad.

Cerró los ojos y lloró. Sabía que nunca volvería a ver la luz.

 

Fin de

Adiós a la luz

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