La noche del jardinero            

friedrich-5La razón, esa diosa cuya égida creísteis un día que os conduciría al paraíso. Ingenuos. No existe ruta tal ni tal destino.

El viajero de la Ilustración Caspar Baumgärtner nos ha legado la crónica de una tradición que presenció durante su visita a Windburg, en la Selva Negra, a fines del siglo XVIII.

«La tarde del dos de noviembre, día de los fieles difuntos, una procesión encabezada por los miembros más poderosos de las familias principales atraviesa el pueblo en dirección al camposanto. La comitiva avanza con una solemnidad y serenidad tales que, de no haberlos presenciado, nunca hubiera sospechado los febriles preparativos previos».

El literato, con fervor enciclopédico, pormenoriza la puesta a punto de fusiles y sables, el acopio de munición, y las prácticas de tiro de la semana anterior. El día de autos, tras una inacabable misa de difuntos que dura toda la mañana, los ciudadanos  notables de Windburg abren la marcha hacia al cementerio. Un selecto séquito de sus más fieles y diestros soldados los escolta.

«Alcanzan la entrada a media tarde, y allí la comitiva es recibida por el magistrado de justicia y su ayudante que, en presencia de la población en pleno, levanta acta de los asistentes. Los funcionarios se disponen a velar hasta el alba, se oyen las voces de mando, y los hombres irrumpen ordenadamente en el cementerio».

Baumgärtner señala, con la mezcla de perplejidad y displicencia propias de los ilustrados ante la superstición, que los jefes de las familias distinguidas jamás osarían faltar a la cita, por miedo no solo al deshonor, sino a las consecuencias legales que ello implicaría.

Caspar se deshace en elogios hacia el barón Otto von Mummeln, en cuya mansión se aloja; es gracias a su influencia que le ha sido permitida la entrada al cementerio. Ya en el interior, asiste al despliegue de las milicias alrededor del mausoleo de la familia correspondiente. Imagine por un momento, querido lector, el escenario; un temprano y gélido anochecer de invierno en Europa central; la oscuridad creciente que prolonga las sombras de las lápidas; el insano silencio que desciende sobre el cementerio; y de repente, los primeros disparos.

«El Jardinero había iniciado su ronda. Para la mayoría es un animal, de una especie desconocida, que habita el resto del año en las profundidades del bosque, aunque los testigos no se ponen de acuerdo sobre el tamaño, pelaje, ni siquiera en el número de extremidades.  Son muchos los que aseguran haberlo alcanzado con sus disparos, pero a la mañana siguiente ninguno ha logrado identificar rastro alguno de sangre. Esto nos lleva a la segunda hipótesis, la de la condición sobrenatural. El Jardinero sería un ser espiritual, de más allá de nuestro mundo, que se materializa una noche al año para limpiar de malas hierbas y parásitos su cementerio».

Por Otto conoce Caspar los detalles de la noche del Jardinero. La tradición arranca de tiempos anteriores a la llegada de las legiones romanas a la Selva Negra. Las tribus vivían en una guerra contínua, en aras de dirimir quienes de entre sus jefes merecían gobernarlas. Hasta que apareció el Jardinero, venido de nadie sabía dónde, y exterminó a todos los líderes menos uno, que pasó a dirigir las tribus. Semejante hecatombe fue interpretada como designio de los dioses para señalar al más digno, y sobre aquel barbecho despiadado se construyó la prosperidad de toda la comarca. Con la llegada del cristianismo, esa noche pasó a ser la de la festividad de los fieles difuntos, aunque conservó gran parte del ritual pagano.

Pero regresemos a la noche que nos ocupa. Demasiado tarde entiende Caspar que su amigo intentara disuadirlo de acompañarlo. Los disparos y alaridos de dolor pueblan de horrísonos ecos la noche en el camposanto. A su alrededor saltan esquirlas de mármol. Los hombres, enloquecidos, intentan abatir al Jardinero y alcanzan por error a los soldados de otras familias e incluso a sus propios compañeros.

«Contagiado de aquel desorden de la razón, más de una vez creí descubrir una forma monstruosa entre las lápidas. Fue una noche atroz, eterna, y con las primeras luces del alba contemplé una visión de pesadilla: cuerpos exangües por doquier, mutilados, algunos eran un amasijo irreconocible. Cuando recobré la memoria fue peor.  Bajé la vista y descubrí a mi estimado Otto, muerto en mi regazo, con el pecho destrozado».

Baumgärtner sale del cementerio y presencia el recuento de supervivientes. Más tarde, asiste a la proclamación del aristócrata que regirá el destino de Windburg durante el siguiente año, entrega los restos del barón a su familia, y abandona el pueblo para siempre.

En una posada cercana escribe a un conocido, compartiéndole sus dudas sobre la ceremonia y la existencia misma del Jardinero. Con amargura, intenta hallar sentido y utilidad al sacrificio de tantos y en especial de su amigo, en quien creyó haber encontrado un alma gemela. Se consuela con el pensamiento de que una lucha abierta entre las casas nobles depararía mayor mortandad. Lo que no puede aceptar, de ningún modo, es que su Otto adoleciera de sed de poder, avaricia, crueldad y otras imperfecciones que pudieran hacerlo merecedor de ser extirpado como una mala hierba de este mundo.

Lo siguiente que sabemos de Caspar Baumgärtner es su presencia en París unos años más tarde, a principios de 1793; las actas lo sitúan como ayudante de Robespierre durante el Terror, quién sabe si también justificando la brutal represión como un mal necesario para salvar la Revolución y evitar males mayores.

Querido lector, la perspectiva histórica nos permite contemplar la tradición de la noche del Jardinero con otros ojos; Caspar, enciclopedista, viajero de la Ilustración, persona entregada al culto a la razón, no puede aceptar la superstición. Nosotros, tras un siglo veinte de horrores, quizás añoremos los tiempos en que era posible creer en fuerzas sobrenaturales que nos protegían, aunque ya nunca más podamos hacerlo.

Fin de

La noche del Jardinero

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PS: Para este artículo he utilizado la entrada sobre La noche del Jardinero (Gärtnersnacht), firmada por Rogelius J Groebes, erudito alemán, aparecida únicamente en la reimpresión de mayo de 1940 del volumen XXVI de la Deutsche Enzyklopädie.

 

9 comentarios en “La noche del jardinero            

    1. Sí, la verdad es que me siento tentado por lo truculento, je, je. La inspiración para los relatos brota cuando quiere; en este caso, preparando un viaje a Viena estaba leyendo El Danubio, de Claudio Magris, y me encontré con algo que desconocía, de lo que nunca había oído hablar. En el cementerio central de Viena, en fecha tan cercana como 1983, existían todavía tres cazadores adscritos al camposanto, que trabajaban por zonas para librar del exceso de liebres y otros pequeños animalejos, el cementerio. Me pareció increíble. El cazador con el que habló Magris se llamaba Baumgärtner, lo cual nos hace sospechar que el autor italiano pueda estar inventándoselo, o que aprovecha una oportunidad magnífica –“Gärtner: jardinero; de hecho, “Baumgärtner”: jardinero de árboles en alemán– , porque acaba haciendo decir al funcionario-cazador que prefiere pensar en él mismo como en un jardinero que cuida su jardín. Ahí surgió el relato. Gracias por pasarte y comentar, un saludo.

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      1. Pues siento abusar del reply, pero no podía dejar de señalar que esa película estaba en mi mente mientras escribía. Mira que si al final resulta que somos tú y yo almas gemelas… Por si acaso, evita una temporada los cementerios.

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