El sentido del mundo. Homenaje a Úrsula K Le Guin (3 min)

 

Hace treinta años leí La Comunidad del Anillo de JRR Tolkien y mi mundo cambió para siempre. Yo era un chico con una adolescencia tardía —a veces pienso que aún sigo en ella— y las dudas y angustias que nos tiranizan a esa edad. Me costaba hacer amigos. Las personas me resultaban a ratos fascinantes a ratos terribles, siempre ajenas. Mi situación familiar tampoco era fácil y la académica empezaba a perder el significado que había tenido hasta entonces para mí. En fin, que como por fortuna —y sin que yo hubiera tenido nada que ver en ello— mis necesidades inmediatas estaban cubiertas, pues me abandonaba a todo tipo de lamentaciones por mi situación triste y sin esperanza. La preocupación por el mundo y los demás puede hacer plena una vida e incluso una adolescencia, pero cuando tu cabeza es un batiburrillo caótico de añoranzas y anhelos contradictorios con ideas de autodestrucción incluidas, poco puedes aportar. Como se ve, no era precisamente una buena compañía.

Siempre me gustaron los libros y tenía predilección por la ficción, sobre todo la ciencia ficción y la fantasía. Sus antecesores, las mitologías, y en especial la mitología nórdica me acompañaban desde que aprendí a leer. Descubrir a la Tierra Media fue como presenciar  el estallido de una supernova a un palmo de distancia. Era tanto lo que me daba Tolkien que tardé en necesitar nada más. Luego empecé a buscar autores parecidos y deambulé de decepción en decepción.

Hasta que descubrí Un mago de Terramar. Sé que muchos consideran la Saga de Terramar como uno más de los sucedáneos que proliferaron como setas tras el éxito de El Señor de los Anillos, aunque a mí me pareció muy diferente desde la primera lectura. También algunos consideran las aventuras de Ged el Archimago como una obra menor en el corpus de Le Guin, y en especial frente a sus novelas y relatos de ciencia ficción; no comparto en absoluto esa opinión.

Después de Los libros de Terramar vinieron El nombre del mundo es bosque, La mano izquierda de la oscuridad —por favor, leedlo si no lo habéis hecho aún—, Los Desposeídos, Los mundos de Rocannon, y tantos otros. Úrsula K Le Guin amplió mi visión del mundo y lo dotó de sentido. Tolkien siempre tuvo un alto componente de escapismo, de huida de la realidad y conste que el viejo profesor era un ecologista convencido, pero me refiero a lo que significó para mí. En cambio, Le Guin fue todo lo contrario desde un principio. Sus textos conciliaban el misterio, la fantasía, la ciencia ficción, el amor por la naturaleza y la preocupación por las personas y la justicia social. Era posible cocinar un relato con esos ingredientes y que el resultado fuera sencillo y a la vez rico en matices: en una palabra, hermoso. Tolkien no era un optimista y se sintió un desterrado en nuestro mundo toda su vida. Ursula K Le Guin amaba intensamente todo lo humano y nuestra vida en la Tierra. Yo, al igual que muchos, somos mejores personas y poseemos mayor capacidad de ser felices gracias a haberla conocido.

Nunca la olvidaremos.

 

 

 

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HOMENAJE A LEONARD COHEN

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El pasado siete de noviembre fallecía el gran bardo canadiense Leonard Cohen, a los ochenta años de edad. Entonces no quise escribir nada sobre él; el impacto estaba demasiado reciente, y el ruido en los medios de comunicación invitaban al sosiego y la meditación.

Ahora puedo por fin hacerle mi pequeño homenaje.

He sido un gran admirador de Leonard Cohen desde mi adolescencia. Su deceso, más allá de la pena por la muerte de un ser humano al que se admira y creemos conocer, nos conmociona porque, de forma inevitable, nos obliga a una reflexión sobre nuestra propia trayectoria vital.

Su figura, con esa mezcla de timidez —siempre fue celoso de su vida privada— y atrevimiento sin complejos a la hora de narrar los sentimientos del ser humano, con su poética inconfundible, nos ha acompañado a muchos a lo largo de nuestras vidas.

Le echaremos de menos como echamos de menos a los poetas, no como a alguien que nos surte de pan cada mañana, sino como alguien que nos hace tolerable la espera, alguien que nos recuerda que no somos tan buenos como nos creemos, y lo más importante, que tampoco somos tan culpables. Seres humanos al fin y al cabo en este festival de debilidades, miedos, dudas y caos que es la vida sobre la Tierra.

Desde que supe la noticia, he vuelto a escuchar muchas de sus canciones. No soy un gran amante del flamenco, y por eso me resulta especialmente sorprendente que prácticamente desde el principio, el trabajo de Enrique Morente “Omega” de 1996, haya sido el que más he escuchado. Morente y Cohen congeniaron enseguida, y de su conexión salió reforzado ese universo lorquiano que ambos admiraban. Fruto de esa relación es el disco “Omega”. En él hay muchos temas de calado, pero recomiendo en especial las versiones de  “Take this waltz”, “Aleluya” y “Manhattan (First we take Manhattan)”, por razones obvias.

Leonard Cohen, descanse en paz.