Corre, Rodolfo, corre (Crónicas del Grinch II, 7)

Santa Claus Mugshot

Nadie sobrevive incólume al ejercicio cotidiano del mal. Ni siquiera los mejores. Al final el corazón de las tinieblas nos atrapará, si no conseguimos apartarmos antes de que sea demasiado tarde. O si no nos ayuda alguien en el último momento. Esta introducción ha resultado demasiado tétrica, pero como espero que digan en Luisiana, esto es lo que hay.

—El día que me entregaron la placa fue el más emocionante de mi vida. Tenía mucho que aprender, pero me hacía una idea aproximada de las dificultades que me aguardaban. Hoy en día, en cambio, los agentes salen de la academia del FBI sin saber una mierda. Sueñan con descubrir alguna indiscreción en la cuenta de Facebook de los malos que les permita detenerlos. Me refiero a que resolverían cualquier problema de tu teléfono móvil sin que se les acelerara el corazón, pero se cagarían si se cruzaran por la calle con Jack el Guapo. A eso me refiero cuando digo que Rodolfo Vargas era diferente. Era decidido, pero paciente, y tenía claro que en ocasiones hay que mancharse las manos. Enseguida vi que tenía madera de agente infiltrado.

—¿Va a extenderse mucho? Agradecería que se circunscribiera a la pregunta —le interrumpió el muy honorable John Jonathan Di Maggio.

—Pido disculpas a su señoría, pero solo soy un viejo negro sureño, y como decimos en Luisiana, la única forma de contar una historia es desde el principio.  De todos modos, intentaré ser breve. No creo que me lleve más de mil ochocientas palabras.

El juez federal valoró acusarlo de desacato, pero recordó que el ex agente especial Jeronymus Le Beuf era una leyenda en el FBI, y que había acudido voluntariamente desde su retiro en Nueva Orleans para declarar en el juicio. Con un ademán, le indicó que prosiguiera.

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Los padres de Rodolfo Vargas habían cruzado el Río Grande como espaldas mojadas, y él se graduó con honores en Quantico. Poseía unas portentosas dotes físicas e intelectuales, pero si tuviera que destacar algo, yo elegiría la sangre fría, y esa capacidad tan poco frecuente de separar la conciencia emocional de la operativa. Nunca le pregunté lo que tuvo que hacer, pero en solo un año se ganó la confianza de una bestia como Jack el Guapo, el jefe de inteligencia de los O’brien-Negrete. Por primera vez teníamos una oportunidad real de acabar con la familia mafiosa más poderosa de los Estados Unidos.

El muchacho superó todas nuestras expectativas y después de cinco años teníamos información suficiente para asestar un duro golpe al clan, aunque no definitivo. La vida como infiltrado te cambia por dentro, poco a poco, y yo sabía que era el momento de retirarlo de la misión, pero Rodolfo estaba seguro de poder acceder al círculo de confianza del mismísimo padrino de los O’brien-Negrete. Me pidió que no utilizara la información que nos había facilitado, y que le diera más tiempo. Yo me dejé convencer y durante los años siguientes los contactos se hicieron cada vez más escasos hasta desaparecer.

Sabíamos que seguía vivo, y que en apariencia gozaba de la confianza del padrino. ¿Qué otra cosa podíamos pensar sino que lo habíamos perdido? De repente, cuando se aproximaban sus décimas navidades como infiltrado, Rodolfo contactó conmigo. Nos vimos en un parque, y lo encontré muy cambiado, como envejecido. No quiso hablarme de su vida en todos aquellos años. Me dijo que existía una tarjeta de memoria con el organigrama criminal, los políticos y jueces en nómina, los asesinatos ordenados, en fin, información suficiente para desarticular a la familia y encerrar para siempre a James Jorge O’Brien-Negrete, el padrino. El mecanismo de la caja fuerte estaba conectado al sistema de alarma y delataría cualquier intento de forzarla, pero Rodolfo intentaría conseguir la tarjeta durante la fiesta de nochebuena. Solo tendría una oportunidad.

Yo no estaba dispuesto a perder al muchacho, no después de lo que había pasado. Al principio se negó, pero logré convencerlo para que llevara un micrófono. Si era necesario, lanzaría a la caballería en su rescate. Por eso sé lo que sucedió aquella noche en la mansión.

Las familias más poderosas de los Estados Unidos estaban representadas en aquella fiesta, y las medidas de seguridad eran extremas. Pero por lo que pude escuchar, Rodolfo gozaba de la plena confianza de James Jorge y se le abrían todas las puertas. Hacia la medianoche, se escabulló a la biblioteca sin que lo interceptaran. Durante cinco minutos nos comimos las uñas en la furgoneta de vigilancia, esperando oir de nuevo el sonido del picaporte. En lugar de eso oímos una voz.

—¿Es esto lo que buscas? —dijo una voz femenina.

Todos en la furgoneta nos imaginamos a  Eloisa MacNamara allí sentada, con sus interminables piernas torneadas, su cabellera negra y esos ojos que derretirían las piedras, sosteniendo en la mano la tarjeta de memoria. Pero que la esposa del jefe del clan lo hubiera descubierto no era buena señal. Ordené a la caballería que estuviera lista para intervenir.

Rodolfo le contestó que no sabía de qué le hablaba y ella se rió, con una risa fascinadora que no he vuelto a escuchar. Él le preguntó qué hacía en la biblioteca.

—Quería asegurarme de que hicieras lo que habías venido a hacer. No pierdas el tiempo negándolo, he conseguido retrasar la alarma, pero en cinco minutos Jack y sus muchachos derribarán la puerta para arrancarte el corazón. Ahora vete y no olvides los momentos bonitos que pasamos juntos.

No sé si su señoría sabe que antes de casarse con el padrino del clan, aquel pibón era ingeniera informática. Ignoro cuántas veces se habían acostado, o si seguían haciéndolo, pero la química entre los dos era evidente incluso a través del micrófono. Lo que siguió nos dejó estupefactos. Rodolfo intentó convencerla para que devolviera la tarjeta a la caja fuerte. Le dijo que no podía traicionar a James Jorge.

—Sabía que no serías capaz —le contestó ella—. Ese hijo de puta suele producir ese efecto en las personas, como  la bombilla que abrasa a las polillas que se le acercan. Me ocurrió a mí. Por eso te estoy obligando a marcharte. Después de ver lo que le hiciste a aquel pobre hombre, temí que fuera demasiado tarde.

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—Supongo que es ahí cuando cortó el sonido en la furgoneta y se puso los auriculares —dijo el muy honorable John Jonathan di Maggio—. ¿Era consciente, cuando más tarde destruyó la grabación, que estaba cometiendo un delito federal?

—Señoría, le repito lo que dije entonces  a la comisión que me expulsó del FBI: nadie tenía derecho a juzgar a Rodolfo. Ni se imagina lo que tuvo que pasar aquel muchacho, su particular descenso al corazón de las tinieblas durante diez años.  Volvería a hacer lo que hice sin dudarlo.

—Prosiga.

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Eloisa no pudo decir nada más sobre presuntos delitos en los que estuviera implicado el agente Rodolfo Vargas, porque en ese momento entró el mismísimo padrino de los O’Brien-Negrete en la biblioteca, acompañado de Jack el Guapo y sus hombres.

—No quería creerlo, pero ahora veo que Jack tenía razón —dijo James Jorge, con voz de ultratumba—. Aunque no había solo una rata.

Luego se oyó una bofetada, seguida de gritos y ruido de puñetazos.

—Eloisa, suelta esa pistola —dijo una voz que reconocí como la de Jack el Guapo—. No tienes redaños para utilizarla.

Sonó un disparo y una exclamación de dolor.

—Si te mueves un milímetro, Jack, la próxima bala no irá a la pierna de tu jefe, si no a su cabeza.

—No hagas nada, Jack. Y tu, Eloisa, mi posesión más preciada, con lo que yo te quería, ¿como has podido traicionarme?

Eloisa exigió que dejaran marchar a Rodolfo. Solo entonces entregaría el arma y podrían hacer con ella lo que quisieran. El jefe de la familia así lo ordenó, pero antes le hizo una promesa a Rodolfo.

—Yo te quería como a un hijo. Confieso que cuando supe que te habías acostado con ella pensé en entregarte a Jack, pero luego entendí que eras muy joven y ella una fruta demasiado apetecible. No volviste a hacerlo, y tu fidelidad durante estos años me llevó a perdonarte. Pero ahora tu puñalada es aún más dolorosa. Me traicionas no solo a mí, sino a toda mi familia, a nuestra forma de vida. Ahora, corre, Rodolfo, corre, y no pares nunca porque por muy lejos que huyas te encontraré.

El agente Vargas conservaba la sangre fría cuando cualquier otro hubiera perdido la cabeza. Luchar era inútil, habría significado la muerte de los dos. Por eso abandonó a la mujer que lo amaba hasta el punto de entregar su vida para salvar el alma de él. Y corrió, vaya si corrió. No sé cómo sabía el bosquecillo en que nos escondíamos, pero en lugar de huir lejos, al cuarto de hora aporreaba  la puerta de la furgoneta y exigía a gritos verme.

Le pedí que me entregara la tarjeta de memoria, pero Rodolfo me dijo que solo lo haría si tomábamos al asalto la mansión. No teníamos una orden, ni había un agente en peligro que justificara la intervención, así que me negué y registramos a fondo al pobre muchacho. Por supuesto, había escondido la tarjeta. No estoy orgulloso de lo que hice, la excitación de la operación me pudo, y le amenacé con sacarle el escondrijo a golpes. Rodolfo se rió, con una risa triste, como si se avergonzara de la forma en que había adquirido aquella capacidad de resistencia.

—¿Ves esto? —me dijo mostrándome el pecho; tenía unas cicatrices espantosas—. Jack el Guapo me tuvo colgando una semana del techo antes de permitir que le dirigiera la palabra. He hecho cosas que te helarían la sangre, ¿y crees que podrás obligarme a que te diga donde está la tarjeta?

La verdad es que me llegó al corazón. Yo siempre he tenido cierta debilidad melodramática, y en la actualidad nada me emociona más que una buena novela de amor. Así que ordené a la caballería que atacara. El resto es de sobras conocido. Fin de la historia. Han sido solo mil seiscientas ochenta y ocho palabras.

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—Aún no ha terminado —dijo el muy honorable—. Sigue sin contestar al fiscal y a la acusación particular de la familia O’Brien-Negrete. Le recuerdo que está bajo juramento. Ante este tribunal han sido presentadas pruebas que indican la participación del ex agente Vargas en más de cuarenta asesinatos, algunos de una crueldad indescriptible. Si se niega a revelar su paradero, podría ser procesado.

—Con el debido respeto, señoría. Si hace veinticinco años, cuando tenia mucho mas que perder, le dije a la comisión del FBI que la parejita había muerto en la explosión y ulterior incendio, ¿cree realmente que ahora conseguirá sacarme algo  más? Como decimos en Lousiana, hasta aquí hemos llegado. Y han sido menos de mil ochocientas palabras.

“Out of all the reindeers, you know you’re the mastermind”[2]

Fin de

Run, Rudolph, Run.

[1] Run Rudolph, Run: magnífico villancico de Chuck Berry, auténtico Rey del Rock.

[2] Así comienza la canción de Chuck Berry: “De todos esos renos tú sabes que eres el amo”.

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