La casa del mediodía

Es bueno estar de vuelta después de tanto tiempo. Espero que os guste.

Ariel se materializó justo delante del letrero. Cada vez le  incomodaba más aquel medio de transporte. Resultaba excitante el primer millón de veces: el ejercicio de la magia; transgredir los límites del espacio y el tiempo; en fin, todas esas cosas que deslumbran a un joven fuego fatuo de ciento cincuenta años y le hacen enrolarse en el cuerpo de normalizadores de Fantasía. Ahora prefería viajar de forma menos convencional, por ejemplo en carruaje, pero hoy tenía prisa.

«Vaya un nombre para una casa», pensó Ariel y tomó nota con su pluma de fuego para revisarlo más tarde.

En realidad lo único que importaba era descartar que ya estuviera en uso. Hubo un tiempo en que las casas de la bruja, bosques malditos y castillos hechizados abundaban en Fantasía. Orientarse así resultaba muy difícil y más de una doncella había terminado devorada por el dragón al no llegar su héroe a tiempo. Gracias al Registro Toponímico Normalizado, esto dejaría de ocurrir.  Aunque la inveterada afición de los habitantes de Fantasía por dar indicaciones falsas a los viajeros era un estorbo.

Ariel adoptó su apariencia humanoide más brillante, abrió la puerta de la valla y dejando a su espalda la inmensidad del mundo de Fantasía, avanzó en dirección a un niño sentado de espaldas en la hierba.

—Feéricos y mágicos días —dijo el fuego fatuo, que habría preferido un sencillo «buenos días» al ampuloso saludo oficial— Pequeñín, ¿me indicas como llegar a tu casa, por favor? Necesito hablar con tus papás.

«Qué rico, está tan absorto en su juego que ni siquiera me ha oído», pensó.

—Perdona, podrías… —se interrumpió Ariel al observar como el niñito levantaba el dedo corazón sin girarse hacia él.

—Piérdete, pasmarote. ¿No ves que estoy ocupado? —dijo con voz cantarina.

El fuego fatuo sintió como se le encendía, literalmente, la cabeza. Consiguió dominarse y levantó al niño por el brazo.

—Vale, vale. Tampoco es para ponerse así —dijo la criatura mientras acababa de liar algo con las manos.

—Tú… tú no eres un mocoso —exclamó Ariel.

—¡Qué perspicacia! Como se nota lo preparados que estáis los normalizadores. Y a propósito fosforillo, prefiero Rumpels si no te importa.

«Es inaudito. Sabe con quién está hablando y le da igual. ¿Es que nunca van a tener respeto por la autoridad? Así no se puede trabajar».

—Ejem, necesito ver a los propietarios —dijo el fuego fatuo con su mejor sonrisa— por favor, ¿podrías indicarme cómo llegar?

«Después me encargaré de ti, maldito enano. Apuesto a que no estás dado de alta en este domicilio, y eso es sancionable».

—Qué pesado eres fosforillo. ¿Siempre estás tan tenso? Anda, yo invito —dijo Rumpels ofreciéndole una bolsa de plástico con cápsulas de colores— Como quieras. No tiene pérdida, sigue hasta la casita de chocolate detrás del torreón. Sobre todo no te acerques al arroyo, Rip y Gretel nunca van por allí.

«Ajá, te he pillado. Soy demasiado inteligente para ti», pensó el normalizador y dándose la vuelta sin despedirse, caminó decidido hacia el río.

—¿No escuchas lo que te digo? Vas en dirección contraria —dijo Rumpels mientras palpaba sus bolsillos. En respuesta, Ariel levantó su dedo corazón sin detenerse—. Allá tú. Hablando de otra cosa, fosforillo, ¿podrías darme fuego?

*  *  *  *

Ariel humeaba como una hoguera apagada por la lluvia. Frente a él, sentado en otro sillón, Rip Van Winkle lo miraba con lástima.

—No… no lo vi venir —hipaba el normalizador—. No las creí capaces de…

—Esas ninfas siempre han sido muy salvajes, pero esta vez se han pasado de la raya. Hablaré con ellas —dijo Rip intercambiando una mirada con su mujer Gretel que acababa de entrar en el salón.

—¿Una taza de té, señor Fatuo? Está hirviendo —dijo Gretel.

—No, gracias. Me produce reflujo.

—¿Unas galletitas de chili? Las he preparado en tu honor.

—Eso sí. Es usted muy amable señora Winkle.

—Oh, llámame Gretel por favor.

—Y tú a mí Ariel… —y nada más decir el nombre sus ojos humearon de nuevo— ¡Las muy arpías no paraban de reír! Les dije que les abriría un expediente por disfrute ilegal de un recurso fluvial, y entonces esa con las… muy grandes…—dijo llevándose las manos al pecho, incómodo por la presencia de Gretel.

—Se llama Marisa —dijo Rip esquivando la mirada de reprobación de su esposa—. Es muy quisquillosa con lo que concierne a su río. Has tenido suerte, el recaudador real acabó mucho peor.

—¿Suerte? Esas indecentes criaturas no respetan la autoridad. Dijeron que si me llamaba como la sirenita entonces sabría nadar como ella, y me arrojaron al agua. No me ocurría desde que era niño y vivía en el pantano.

—Pobrecito —dijo Gretel—. Ahora lo entiendo todo.

Ariel la miró con gesto interrogante.

—Quiere decir —acudió Rip al rescate— que eso explica tu dedicación al triunfo del orden y el respeto a las leyes. Querido amigo, ¿no te has sentido nunca como si vivieras en el lugar equivocado?

—Ahora que lo pienso, sí. Muchas veces —dijo el fuego fatuo algo confuso.

—¿Como si no valoraran tus más que evidentes aptitudes?

—Sí, exactamente así, y también incomprendido, y ninguneado, y…

—Es suficiente, veo que nos entendemos —dijo Rip palmeando las rodillas del normalizador. Acércate a la ventana, por favor. ¿Ves el tipo ese junto al secuoya?

—¿El que conversa con un hada de las flores?

—Es un ejemplo de la cuestión que nos ocupa. Llevaba una existencia del todo infeliz, se sentía fuera de lugar, como si viviera en el mundo equivocado, hasta que llegó aquí.

Ariel permaneció pensativo. Las últimas volutas de humo se disiparon, el normalizador recuperó su compostura y con ello el recuerdo del motivo de su visita.

—Si no me equivoco se trata de un humano.

—Podría decirse que sí, pero lleva mucho tiempo viviendo con nosotros. El asunto del que tratábamos es más importante —dijo Rip.

—A mí este asunto me parece lo bastante importante, gracias. No será un sin papeles, ¿verdad?

Rip y Gretel se miraron sin decir una palabra. Ariel se ajustó la chaqueta y abrió la ventana.

—Humano, te ordeno entrar en la casa. Quiero que contestes unas preguntas.

—Se llama Luis —dijo Gretel.

Al oír el nombre el fuego fatuo se estremeció de placer.

«Qué sonoridad más nítida, sin evocaciones a la mitología ni el folclore. Nada de Rumpelstiltskin, Rapunzel ni otras zarandajas que complican la confección de un registro ordenado. Todos en Fantasía deberían tener nombres así», se dijo Ariel.

—Aquí estoy —dijo Luis entrando en el salón—. Te pido disculpas por mi aspecto informal, de haber sabido que venía un normalizador de Fantasía me habría vestido de otra manera.

El Fuego Fatuo casi se encendió de satisfacción. Por fin alguien le mostraba el debido respeto, y más teniendo en cuenta los pantalones largos y la camisa de manga corta del recién llegado, todo ello en colores sencillos.

«Si tú supieras con que indumentarias tengo que lidiar en mi trabajo. Sólo recordar mi visita a aquellos ogros me pone las llamas de punta, con su horrible gusto por las camisas de flores y las bermudas de colores chillones», pensó el fuego fatuo.

—Luis, este es Ariel y desea hacerte unas preguntas.

—¿Ariel? —dijo Luis, y el fuego fatuo se resignó a soportar otra vez lo de la sirenita— Es un nombre solemne, y muy adecuado: León de Dios. Impone respeto.

Definitivamente, aquel humano le caía simpático, pero el deber es el deber, pensó Ariel.

—Imagino que tendrás tus papeles en regla.

—Me temo que no, y lamento no haber normalizado mi situación en Fantasía. Conozco las obligaciones burocráticas y todo eso, de hecho trabajé durante años como inspector de un ayuntamiento —dijo mirando a Gretel, que le guiñó el ojo de forma casi imperceptible—, pero me siento tan feliz en mi nueva vida que siempre se me olvida. Acataré la sanción que tú decidas, estoy seguro de que será justa y conforme a las leyes.

Ariel tardó unos segundos en responder. Una idea había empezado a formarse en su mente.

—Dime, en ese trabajo tuyo de inspector, ¿cómo os trataba la gente?

—Con mucho respeto. En cuanto nos ven, comienzan a temblar y colaboran en todo lo que les pedimos. Se me hacía muy duro soportar eso a diario. Por eso emigré a Fantasía. Aquí soy feliz. ¿No te has sentido nunca como si vivieras en el mundo equivocado?

«Claro que sí, muchas veces, casi todos los días», pensó Ariel mientras seguía madurando en su mente la idea que se le había  ocurrido.

—En realidad, ese asunto de los papeles de residencia no es tan importante. ¿Podríamos hablar de ello dando un paseo por el jardín? Me refiero tú y yo solos, si no os molesta, claro  —dijo el fuego fatuo dirigiéndose a Rip y Gretel.

—En absoluto, puedes emplear el tiempo que desees, Ariel —dijo la señora Van Winkle mostrando una encantadora sonrisa.

*  *  *  *  *

—¿Crees que le irá bien? —dijo Luis, sentado junto a Rip en el porche trasero de la casita de chocolate—. Me refiero a si sabrá adaptarse.

—No me cabe la menor duda. Es el tipo de vida que siempre ha deseado. Puede que le lleve un tiempo aprender a controlar sus llamas, pero la atmósfera de tu ex mundo apacigua la magia de los seres de fantasía. Dentro de pocos meses pasará por un humano normal y en unos años apenas recordará su origen ni su antigua vida. De vez en cuando, la chispa de Fantasía se reavivará en alguno de sus descendientes y será un artista, un científico innovador o un político visionario. Es la forma en que ambos mundos se fertilizan mutuamente. Y tú, ¿estás seguro del paso que vas a dar? Aún no es demasiado tarde.

El antiguo inspector sonrió. En la lejanía, un sol de fuego descendía veloz sobre la línea del horizonte.

—Es el tipo de vida que siempre he deseado —dijo Luis—. Mañana Gisella y yo nos iremos a nuestra casa en el bosque. ¿De verdad no os importa quedaros sin vuestra hada de las flores?

—No te preocupes. El jardinero gruñirá un poco, pero luego persuadirá a otra hada. Tenéis que visitarnos a menudo.

—Os echaré de menos a ti y a Gretel. Habéis sido muy buenos conmigo.

Rip Van Winkle recordó una conversación similar, hacía muchos años, con cierto escritor humano al que había acogido. Poco después Ronald  marchó hacia la costa hermosa y terrible del mar de Fantasía y nunca volvió a verlo, pero durante una puesta de sol parecida, le había dicho las mismas palabras que ahora reservaba para Luis:

—Pensé que tu sitio estaba aquí la primera vez que te vi. Ahora estoy seguro: siempre has pertenecido a Fantasía.

Fin de

La casa del mediodía

Dedicado a JRR Tolkien