Bel-sa-Sar. Parte II

Bel-sa-Sar ha conducido a Georgios y a su madre hasta lo más profundo de la tienda. Una vez allí le ofrece al niño una mascota. 

Si deseas leer la primera parte: Bel-sa-Sar. Parte I.

Georgios no había entendido una palabra. De todos modos, hacía rato que su mente atendía a un murmullo creciente. Nunca había reflexionado sobre ello, pero de algún modo sabía que, si pudiera escucharse el repiqueteo ronco de los engranajes de mil universos girando unos sobre otros, ese sería el sonido que harían. ¿De dónde había surgido ese pensamiento aún menos inteligible que las palabras de Bel-sa-Sar? Pensó en preguntar a su madre, pero estaba absorta, con la cara de felicidad de alguien que reencuentra a un amigo muy querido después de una larga ausencia.

—No debes preocuparte por ella —dijo Bel-sa-Sar—. Ni tener miedo.

—No tengo miedo.

—Vaya, eres digno nieto de tu abuelo.

Georgios abrió mucho los ojos.

—¿Conoces al abuelo?

—He conocido a muchos seres, y también a tu abuelo. Ahora debemos ocuparnos de cierta señorita que has venido a ver.

El hombrecillo flacucho que también era el orondo personaje del turbante y, el niño lo sospechaba, una infinidad de otras formas se acercó a una camita en el suelo. Retiró con cuidado la mantita y Georgios descubrió la cosa más bonita que había visto. Era pequeña, toda recubierta de pelo azabache reluciente como escamas de dragón, salvo en la parte inferior, que era del color de la espuma de mar. También recordaba a un dragón su cola y la forma en que yacía enroscada y ocultaba sus cuatro extremidades diminutas. Pero lo que le arrebató el corazón fue la cabeza de orejitas triangulares, largos bigotes y un morrito sonrosado y húmedo. Georgios no necesitaba comprenderlo: sabía que el ruido de engranajes provenía de aquel ser con los ojos cerrados y sin signos de vida.

—¿Qué le pasa? ¿Es por la hibernación? —dijo sin atreverse a preguntar lo que más temía.

—Solo está dormida, pero más profundamente de lo que duermen los gatos.

Gatos. La palabra resonó en su mente como una piedra arrojada a un lago. Gatos. ¿Cómo no se había dado cuenta? En las fotografías nunca le habían parecido tan hermosos, ni le habían recordado a los dragones. Tener a aquel ser vivito al alcance de la mano lo cambiaba todo.

Bel-sa-Sar le indicó que podía acariciarla. Esperaba sentir escalofríos, o una de esas descargas eléctricas que abundaban en los relatos de fantasía. En lugar de eso, experimentó una corriente cálida que lo empapó hasta lo profundo de los huesos, y el murmullo aumentó de intensidad. Quería que aquella felicidad no acabara nunca.

—Nada se mantiene en el mismo estado para siempre, querido Georgios.  Ahora atiéndeme. Ya casi es hora de regresar. La gatita duerme desde hace mucho tiempo, y sueña. No se puede saber si despertará alguna vez. Verás, los gatos son como cofres con cerraduras, y aguardan a la llave adecuada que los abra. ¿Entiendes lo que te digo?

—Sí, pero ¿cómo sé si yo soy su llave?

Bel-sa-Sar lo miró con dulzura y apoyó la mano en el hombro del niño.

—En primer lugar, debes desearlo como nunca has deseado nada. Los gatos son seres especiales, fueron dioses para los antiguos y no se contentarán con menos que tu adoración. A cambio te entregarán su cariño y protección. ¿Quieres tocarle el morrito?

Claro que quería. Se agachó muy despacio, cerró los ojos y cuando su nariz tocó la de la gatita sintió que su mente se desbordaba. Durante lo que le pareció solo un instante creyó ver a innumerables gatos correteando por una extensión negra infinita sembrada de estrellas. Cuando por fin abrió los ojos la gatita seguía ante él, pero a su alrededor reconoció la entrada de la tienda. Junto a él, su madre discutía con alguien.

—Debería darle vergüenza, aprovecharse así de la ilusión de un niño. Ahora que lo pienso, tal vez debiera denunciarlo por drogarnos a saber con qué sustancia. Quinientos siderios, ni uno más.

Georgios no podía creerlo, su madre estaba regateando. Bel-sa-Sar profirió un grito desgarrador, como si le arrancaran el corazón.

—Señora, me ofende con sus palabras. No soy un timador. La gente paga auténticos tesoros por estos aromas que usted disfruta gratis. Preferiría que me atravesaran con un hierro al rojo vivo antes que desprenderme de este Felis silvestris catus por menos de novecientos siderios.

—Pues ponga el hierro a calentar. Le hago un favor librándole de un bicho moribundo. Es usted el que debería pagarme. Quinientos cincuenta, y es mi última palabra.

El mercader suspiró, se escupió en la mano y la ofreció a la madre del niño. Esta, con la mayor naturalidad, escupió a su vez y ambos estrecharon sus manos. Georgios nunca imaginó que vería a su madre, una maniática de la limpieza y la desinfección, haciendo algo así.

—Señora, es usted despiadada, con diferencia el cliente más duro que he tenido —dijo Bel-sa-Sar con el rostro iluminado por una sonrisa. Luego se inclinó hasta tocar el suelo—. Ha sido un verdadero placer hacer negocios con usted. Y tú, mi querido Georgios, no olvides lo que hemos hablado. Debes tener un poco de paciencia.

El niño tomó a la gatita en brazos y salió de la tienda. La intensa luz de los soles hermanos lo cegó. Allí, de pie en el umbral, el sentimiento de que dejaba atrás un mundo que no volvería a visitar jamás le hizo girarse hacia el hombrecillo flacucho con el batín de dibujos de camellos.

—¿Volveré a verte, Balta?

—Quién sabe, aunque tal vez no me reconozcas. Las formas y estados son solo humo, un resplandor efímero en el cosmos.

La madre lo apremiaba para que marcharan, pero Georgios era solo un niño y una duda lo atormentaba.

—Gilgamesh, ¿existe de verdad?

Bel-sa-Sar soltó una carcajada.

—Créeme, a veces desearía que no —dijo mirando hacia el espacio vacío a su izquierda—, pero llevamos juntos tanto tiempo que me sentiría horriblemente solo sin su compañía. Gil te desea buena suerte.

Georgios sonrió aliviado sin saber por qué. El primer paso le supuso un gran esfuerzo, pero luego un murmullo como de olas sobre costas de planetas extraños lo arrebató: la gatita vibraba y una nueva vida lo estaba aguardando.

El retorno a la colonia Amaltor en la cuarta luna no fue tan feliz como lo había imaginado. La expectación por las mascotas había mantenido su mente ajena a cualquier otra cosa. Ahora, los rostros sombríos de sus padres y la inquietud con la que cuchicheaban entre sí hicieron que Georgios fuera consciente de que el abuelo Gerios se moría.

—Hice lo que me dijiste, elegí con el corazón —dijo el niño depositando a la gatita en una silla junto a la cama del anciano que tenía la mirada perdida en el techo.

Poco a poco, Gerios giró la cabeza hacia su nieto y en sus ojos bailaba una sonrisa. Cuando habló su voz parecía venir de muy lejos.

—Estaba esperándoos. Tomaste la decisión correcta.

—No sé si despertará, pero es tan bonita y estaba tan sola. Tienes que ayudarme a cuidarla —dijo el niño, esforzándose en vano por no llorar—. Abuelo, no quiero que te vayas nunca.

—Alguien me dijo una vez que nada se mantiene en el mismo estado para siempre, querido Georgios —dijo acariciando con mano temblorosa a la gatita.

Georgios sintió el ronroneo más fuerte que nunca. La habitación, la casa entera, el mismo universo vibraban.

—Es igual que Elsie, la gatita que tuve de niño —dijo Gerios, y lágrimas de felicidad asomaron a las cuencas hundidas de sus ojos y se deslizaron por su nariz afilada.

—Nunca me hablaste de ella.

—Ha pasado tanto tiempo que casi lo había olvidado. Mi querido Georgios, tu padre y yo nunca nos hemos comprendido. Él es racional, y hace poco caso al corazón, igual que tu bisabuelo. Pero tú y yo somos de otra manera, miramos lo que hay en el interior. He vivido una vida plena, he sido muy feliz y agradezco haberte conocido. Ahora debo partir.

Gerios cerró los ojos y justo en ese momento la gatita Elsie abrió los suyos.

Fin de

Bel-sa-Sar.  El gato que sueña[1].

Si no leíste la primera parte: Bel-sa-Sar. Parte I.

[1] Este relato está dedicado a nuestra amada gatita Elsie y a nuestro hijo Sergio. Le regalamos a la gatita en su décimo cumpleaños y pronto ambos establecieron una relación muy especial; cuidó de ella amorosamente hasta el final. Elsie nos dejó demasiado pronto y de forma inesperada, en la Navidad de 2017, a punto de cumplir diez años formando parte de nuestra familia. Siempre la recordaremos.

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Un comentario en “Bel-sa-Sar. Parte II

  1. Pingback: Bel-sa-Sar. Parte I – Peregrinos de la tierra en sombras

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