Auld lang syne (Crónicas del Grinch II, 12)

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Por los viejos tiempos[1]

Queridos compañeros de estas Crónicas del Grinch 2018, ha llegado el momento de deciros adiós, al menos hasta el año próximo. A partir de ahora es tiempo de familia, es tiempo de Navidad.  Agradezco de corazón la atención que  habéis prestado a mis relatos. Significa mucho para mí. Me despido con un homenaje a una película muy especial, que vemos en casa todos los años.  Feliz Navidad y un Maravilloso Año 2019.

Que el bar estuviera tan lleno era bueno para la caja, pero malo para el negocio. Todas las nochebuenas sucedía lo mismo. Aunque este año solo habían venido dos autobuses de chinos, y eso era algo que Nick agradecía. Resultaba agotador recordarles una y otra vez que estaba prohibido hacer fotos dentro del local.

Las campanillas de la puerta repicaron y el sujeto con la cara más  triste y desesperada que Nick había visto en años, entró y se dejó caer en la barra. Era de mediana edad, vestía una gabardina raída y llevaba el pelo desordenado. Por el aspecto de sus zapatos, Nick pensó que había caminado por la nieve mucho tiempo. Colocó sobre el mostrador un libro gastado de Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain.

—Perdone, estoy buscando un bar llamado Martini’s.

Nick repitió, por enésima vez aquel día, la misma explicación. Sabía que no sería la última. Era uno de los motivos por los que cada año se prometía cerrar por navidades, pero cada año el respeto a la tradición y a su abuelo se lo impedían.

—Amigo, no existe ningún Martini’s en Pottersville. Nunca ha existido, salvo durante el rodaje de la película —dijo señalando la foto sobre la barra.

En ella se veía a un James Stewart de expresión feliz posando junto a una persona de enorme sonrisa, que guardaba cierto parecido con Nick. Era una foto antigua, en blanco y negro.

El rostro del hombre de la gabardina se iluminó, como si hubiera avistado un oasis después de una larga travesía por el desierto.

—Entonces es aquí, no me he equivocado.

—Eso depende de lo que haya venido a buscar.

Desde la puerta, un lugareño se despidió de Nick y le deseó feliz navidad.

—Usted se llama Nick, y el de la foto es James Stewart, pero en el rótulo de fuera pone El Mayor Don[2], y el pueblo no se llama Bedford Falls[3]. ¿Por qué?

Nick lo miró con una mezcla de hastío y compasión. Estaba cansado de repetir la misma historia todos los años. La mayoría de la gente estaba informada y sabía a lo que venía, pero siempre había algún friki que le vacilaba. Y luego estaban los tipos como el que tenía delante, que parecían salidos del mundo de Nunca Jamás, unos Peter Pan creciditos que no distinguían entre la realidad y la película de Frank Capra. El hombre de la gabardina le hablaba con respeto, no olía a alcohol, y parecía aplastado por una pesada carga.

—Escuche, amigo. La película se rodó aquí en 1946, y nada de lo que cuentan en ella sucedió. Es solo ficción. Mi abuelo —dijo señalando al hombre de enorme sonrisa de la fotografía— trabó una gran amistad con el actor protagonista. Mientras vivió, el buenazo de Jimmy visitaba el pueblo un par de veces al año. Incluso pasó alguna nochebuena con mi familia. Eso es lo que usted debería hacer, volverse por donde ha venido y regresar a casa con los suyos.

—Pero he visto el puente, y el árbol del bisabuelo[4] —dijo el desconocido mesándose los cabellos y sacudió a Nick por los hombros—. Por favor, dígame que es verdad. Necesito que sea verdad. Todo.

Nick empezó a preocuparse. El tipo podía estar drogado, o loco. Así que pulsó con disimulo el interruptor bajo la barra. Solo tenía que entretenerlo hasta que llegara Bert.

—Mire, amigo. Mi familia vive en Pottersville desde hace más de cien años, y llevamos casi el mismo tiempo dedicados a este negocio. Le aseguro que nunca hemos visto pasar por aquí a ningún ángel en busca de sus alas.

—Yo no he mencionado a ningún ángel.

Aquello era demasiado.

—Vamos, sea razonable. Todo el mundo ha visto la dichosa película.

—Yo sé cómo hacer que el ángel aparezca —dijo el desconocido.

Luego se ordenó el cabello y caminó hacia la salida. Dejó sobre el mostrador el libro de Tom Sawyer[5].

Nick vio en sus ojos la resolución de una persona que ha llegado al límite y que no piensa detenerse ante nada. Salió a toda prisa de detrás de la barra y justo en ese momento las campanillas de la puerta sonaron. Era Bert junto con otro agente.

El hombre de la gabardina lanzó una mirada de absoluta decepción a Nick e intentó escabullirse al exterior, pero Bert lo derribó con facilidad y lo esposó.

—Nick, ¿cómo has podido hacerme esto? —sollozaba con amargura el desconocido mientras se lo llevaban—. Mi vida es un infierno. Mi mujer y mis hijos no me dejan vivir, aborrezco mi trabajo, no tengo amigos, ya no aguanto más. Quiero que todo desaparezca.

Nick sintió lástima por el pobre diablo. Ojalá pudiera hacer algo, pero él no daba ese tipo de ayuda. Además, seguro que no podía pagarla. Al menos no se había puesto a gritar llamando a Clarence. Bert, el policía, conocía al dueño de “El Mayor Don” desde que ambos eran niños, y al ver la expresión de su rostro quiso consolarlo.

—Es mejor sacarlo a rastras de tu bar que del fondo del río.

Luego le deseó feliz navidad y se marchó.

Nick no bebía, pero ahora necesitaba un trago. De vez en cuando alguno de los pobres desgraciados que acudían a “El Mayor Don” le tocaba el corazón. Aquella era una de esas veces. Se disponía a vaciar un chupito de tequila cuando las campanillas de la puerta repicaron. Un hombre alto con un abrigo de aspecto caro se acercó sonriente a la barra. Lucía un peinado exquisito y los zapatos más brillantes que había visto en mucho tiempo.

—Amigo, ¿es usted Nick, ¿verdad? —dijo el recién llegado poniendo una pequeña bolsa de viaje sobre el mostrador.

—Yo no soy su amigo y no le he dado permiso para llamarme Nick.

—Tiene razón. No tenemos por qué ser amigos. Esto son solo negocios —contestó el otro mostrándole una tarjeta de visita con unas alas y unas campanillas—. Me envía el el tío Billy, como supongo que sabe.

Nick inspeccionó la tarjeta. Era auténtica. Luego miró su teléfono móvil y leyó el mensaje del tío. Nunca trabajaban en diciembre. El pueblo se llenaba de visitantes, periodistas y cámaras de televisión. Tanta publicidad no era buena para el negocio. Pero el tipo había ofrecido una suma diez veces superior a la habitual.

—¿No podía esperar unos días, hasta después de las fiestas?  ¿Tenía que venir hoy, en nochebuena? Se arriesga mucho y nos pone en peligro a nosotros.

—Digamos que hay ciertas personas muy enfadadas conmigo, y son de la clase de gente que no respeta las navidades. Tengo que desaparecer ya.

Nick se resignó. El negocio era el negocio. Le colocó un pin en la solapa del abrigo. Representaba a un chico que sujetaba a la luna con un lazo.

—Vaya al pasillo de los servicios. Al fondo verá una puerta verde. Acérquese y la puerta se abrirá de forma automática. Siéntese y espere.

Cuando el desconocido se hubo marchado, Nick hizo una llamada.

—Hola, Clarence. El tío Billy nos ha enviado un cliente. Léete el dossier. Es un tipo importante. No necesitas decirme que es una locura que haya venido, pero ¿qué podía hacer si ya estaba aquí? Sí, pasaportes, carnés de la seguridad social, y todo lo demás, pero con el pack especial. El tipo paga bien. Lo he enviado al confesionario. Llama a George y dile que venga a por él.

Nick solía escuchar divertido las quejas del otro, pero no aquella tarde.

—Mira, Clarence, estoy harto de que discutáis vuestros nombres en clave[6]. Son una tradición de la familia y no pienso cambiarlos —dijo con tono impaciente y colgó.

Pensó, guasón, que con ese carácter Clarence no conseguiría nunca las alas. La sonrisa se le borró del rostro al recordar la clase de gentuza a la que facilitaba una nueva identidad. Eso le impedía dormir bien últimamente, pero con el dinero que había pagado aquel tipo tal vez pudiera traspasar el negocio y retirarse a una isla tropical. Estaba harto de soportar a todos aquellos turistas una navidad tras otra. Alzó el chupito de tequila hacia la foto sonriente de su abuelo.

—Brindo por la fantástica idea que tuviste, pero por qué diablos no pusiste el negocio en otro estado. Por ejemplo, en California. Si puedes oírme, al menos haz que no vengan más turistas por hoy.

Justo cuando se llevaba el chupito a los labios, las campanillas de la puerta repicaron con alegría, y una barahúnda de asiáticos con gorros navideños y entonando Auld lang syne, irrumpió en el local.

—Maldito viejo guasón —dijo Nick mirando al otro Nick de hacía más de setenta años y apuró el tequila de un trago.

Luego comprobó que el bate de béisbol estuviera en su sitio debajo de la barra. Pensaba destrozarle el teléfono móvil o el ipad al primero de ellos que hiciera una foto.

Fin de

Auld lang syne

 

“Should auld acquitance be forgot,

And never brought to mind?

Should auld acquitance be forgot,

And days of auld lang syne?

For auld lang syne, my dear,

For auld lang syne,

We’ll take a cup of kindness yet,

For the sake of auld lang syne”[7].

 

[1] Auld lang syne: es una canción escocesa que se suele utilizar en momentos solemnes, de despedida, al inicio o final de un largo viaje, un funeral, etc. Es un tema habitual en la celebración del Año Nuevo en el mundo de habla inglesa. “Auld lang syne”, en escocés, significa “hace mucho tiempo”; aunque suele traducirse como “por los viejos tiempos”.

[2] The Greatest Gift/ El Mayor Don: cuento de Philip Van Doren Stern, escrito en 1939, en el que se basa la película It’s a Wonderful life, Qué bello es vivir en español, de Frank Capra.

[3] Bedford Falls: nombre del pueblo donde transcurre la historia de Qué bello es vivir. Durante la visión de cómo sería la vida de los demás si George Bailey no hubiera nacido, el nombre del pueblo había pasado a ser Pottersville.

[4] Árbol con el que choca el coche de George en la película. El propietario se preocupa por los daños que pueda haber sufrido, al haberlo plantado su bisabuelo.

[5] Las Aventuras de Tom Sawyer es el libro que le deja Clarence a George al marcharse.

[6] A Nick, es su nombre auténtico, le divierte llamar a los otros con los nombres de los protagonistas de la película. Nick es amigo de George Bailey, y trabaja en el bar Martini’s donde George (James Stewart) habla con Clarence, el ángel que se gana las alas ayudándolo. Bert es el policía amigo de George, y tio Billy el tío de George que extravía el dinero y origina el drama.

[7] Canción con la que acaba la película. Esta es una de las letras que existen: ¿Deberían olvidarse las viejas amistades y nunca recordarse?/ ¿Deberían olvidarse las viejas amistades y los viejos tiempos?/ Por los viejos tiempos, amigo mío/ Por los viejos tiempos/ Tomaremos una copa de cordialidad/ en honor a los viejos tiempos”.

5 comentarios en “Auld lang syne (Crónicas del Grinch II, 12)

  1. Hace muy poquito, estas Navidades, que vi por primera vez ‘¡Qué bello es vivir!’. Lo cierto es que cuando después de que Clarence le mostrase a Bailey todo lo malo de la existencia sin él y le pregunta por Mary, cuando el ángel le confiesa lo más horrible, que es bibliotecaria… Ay, qué dolor. Eso sí, al inicio de la película me alegró un montón comprobar que el Dios sideral que aparece en Futurama es un guiño a este original.
    ¡Buen relato, Sergio!

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      1. Es que Clarence provenía de una etapa humana más antigua y claro, no sabemos si lo que le horrorizaba era que fuese bibliotecaria o pensar que una mujer pudiese trabajar fuera de su casa, lo cual en su época debía ser un sacrilegio. Clarence no sabía en qué jardín se metía al soltar aquello…

        Le gusta a 1 persona

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