Rin Rin (Crónicas del Grinch II, 13)

Fruit merchant, vintage engraving.Hacia Belén va una burra[1]

Con este relato finalizan las “Crónicas del Grinch” de las Navidades de 2018. Las tradiciones nos confieren seguridad y bienestar, pero comportan siempre un sacrificio. A veces, sin embargo, cambiarlas puede ser la mejor opción, aunque ello signifique enfrentar un futuro de incertidumbre, al menos al principio. En cualquier caso, os deseo que nunca deje de fluir el chocolate. Feliz 2019 y hasta las próximas Navidades.

El rumor corrió como la crecida de un río en primavera, y la inquietud empapó a los lugareños, sin importar si eran jóvenes o viejos, ricos o pobres. Parecía imposible, pero en Hayedo[2] de la Sierra le habían negado la entrada. En Fresneda del Monte el párroco, un cura joven recién llegado de la capital, después de un sermón incendiario, lo había expulsado de la población. Corrían nuevos tiempos, decían algunos, y cada vez eran más los que manifestaban, aunque en voz baja, que quizás fuera el momento de encargar el chocolate en Astorga[3], como hacían las otras poblaciones de la sierra. De ese modo, los habitantes de Brezal del Cuervo también podrían comer chocolate todo el año.

El domingo antes de nochebuena, el párroco de Brezal del Cuervo  bramó desde el púlpito contra la lepra de las nuevas costumbres, y recriminó a los compungidos feligreses sus dudas. No tenían motivos para quejarse y sí para estar agradecidos. Los cultivos y el ganado prosperaban, las cosechas eran abundantes y los inviernos leves. Conocían las dificultades que atravesaban las poblaciones del cercano valle, la enfermedad, la sequía, el desempleo. ¿Acaso envidiaban su suerte? En cuanto a los pueblos de la sierra que tan modernos se mostraban este año, el párroco les vaticinó las peores desgracias.

—Esperad y veréis. ¿Comprar el chocolate en la ciudad? Qué será lo siguiente, ¿instalar ese invento diabólico, el telégrafo? Yo os digo que nos va muy bien, y debemos seguir así. En Brezal del Cuervo siempre hemos recibido al Chocolatero y no vamos a cambiar.

De haber estado presente, el maestro le habría señalado que, según las crónicas, el Chocolatero no empezó a venir al pueblo hasta la nochebuena de mil seiscientos cuarenta y nueve . A la epidemia de peste que asoló la comarca se añadió el peor de los inviernos. Brezal del Cuervo había estado a punto de desaparecer.

Pero el maestro pasaba las Navidades en la ciudad desde hacía años, y el alcalde, el boticario y el alguacil, sentados en primera fila, asintieron con la cabeza a las palabras del párroco. Lo mismo hicieron los demás. Solo una mujer de mediana edad estalló en lágrimas. Su marido la acompañó fuera de la iglesia mientras le pedía que dejara de avergonzarlo.

La noche anterior a nochebuena la mayor tormenta de rayos y nieve que se recordaba mantuvo en vilo a los habitantes de Brezal del Cuervo. Incluso la montaña parecía querer derrumbarse y sepultarlos. Al amanecer, una calma resplandeciente, como de tregua, se adueñó de cielo y tierra. Tan solo unas nubes rezagadas y el manto de blancura recordaban la furia del combate nocturno.

A primera hora de la mañana, los chiquillos avistaron al Chocolatero y su burrita en el recodo del camino, precedidos del rin rin de los cascabeles de la montura. En seguida se formó un séquito de niños. Los había con ropas humildes y trajes de postín, descalzos y con zapatos relucientes, pero todos con expresión de maravilla en sus rostros infantiles. Los mayores llevaban de la mano a los más pequeños, algunos de los cuales participaban por vez primera en el cortejo.

Para la chiquillada de Brezal del Cuervo, el Chocolatero no era joven ni viejo, guapo ni feo, alto ni bajo. Habrían sabido decir que vestía una levita gastada y poco más. En cuanto a su cara, tan solo se fijaban en los ojos, dos pozos negros como una noche sin luna y sin estrellas que por alguna razón les atraían como polillas a la luz. A parte de eso, toda su atención se centraba en la burrita y su carga. De las alforjas asomaban las cajas del preciado chocolate, la chocolatera[4], un molinillo[5] para remover la mezcla y un anafre[6] para cocerla.

La comitiva avanzó por la calle Real envuelta en un silencio reverencial. Al aproximarse a la plaza del pueblo, los de más edad empezaron a cantar con timidez, pero para cuando el Chocolatero y la burrita se detuvieron ante las escaleras de la iglesia, la comitiva se había convertido en una algarabía de cánticos navideños.

El párroco y las autoridades del pueblo, con expresión solemne, aguardaban ante las puertas del templo, como si fueran un comité de bienvenida o le estuvieran bloqueando el acceso al Chocolatero. El canto de los niños cesó al unísono. Un silencio expectante, descendió sobre todos. Una nube ocultó el sol, aunque ni un soplo de brisa agitaba las hojas caídas y los árboles parecieron más esqueléticos que nunca. Hacía frío.

De repente, como parte de un ritual mil veces repetido, o como si fuera una decisión en el último momento, el párroco se hizo a un lado, y los demás lo imitaron. El sol salió de detrás de la nube y calentó de nuevo. El Chocolatero ascendió las escaleras, atravesó muy despacio el pasillo de personalidades y entró en la iglesia. Poco después un olor maravilloso se extendió por Brezal del Cuervo.

Hasta bien entrada la tarde, los lugareños acudieron a la iglesia y regresaron a sus casas con cazuelas del delicioso y aromático manjar. Al caer el sol, una larga procesión, integrada por todos los habitantes del pueblo sin excepción, avanzó en silencio por la calle Real. En cabeza marchaba una muchacha, casi una niña, vestida de blanco y portando una corona de flores. Avanzaba revestida de solemnidad, con paso firme, como si arrastrara a la larga comitiva a su espalda, como si supiera que si desfallecía, todos lo harían. Tras ella caminaba una mujer de mediana edad y tez pálida, apoyada en el brazo de un hombre de mirada perdida y junto a ellos, el párroco, el alcalde, el boticario y el alguacil. A continuación, venía el resto de la población de Brezal del Cuervo.

La tarde agonizaba y la luz alargaba las sombras mientras la procesión avanzaba envuelta en un silencio ominoso, solo interrumpido por el sonido de los pasos sobre el suelo de tierra y el frufrú acompasado de la sotana del párroco y las faldas de las mujeres. Una quietud atemporal se adueñaba del aire mismo al paso de la muchacha de blanco. De tanto en tanto, alguna criatura en brazos de su madre iniciaba un tímido llanto, y sin que nadie hiciera nada, callaba de nuevo, como si se hubiera dado cuenta que ni a ella le estaba permitido turbar aquel silencio.

La muchacha se detuvo al llegar ante las escalinatas de la iglesia, quién sabe si obedeciendo un ritual o en un postrer instante de vacilación. Sea como fuere, tras unos segundos, las puertas del templo se abrieron con un chirrido largo y grave imposible de ignorar y la muchacha, envuelta en serena belleza, ascendió las escaleras sin mirar atrás.

Las puertas se cerraron y la multitud se disolvió con celeridad. Solo una pareja de mediana edad permanecía ante la iglesia, de palidez mortal ella y expresión de infinita tristeza él. El hombre intentó por dos veces llevársela de allí, pero ella se resistía. A la tercera, como si el esfuerzo de contener el llanto y mantenerse en pie fuera demasiado, la mujer se dejó arrastrar. Ambos caminaron llorando sin lágrimas de regreso a su hogar vacío.

A la mañana siguiente amaneció uno de los días de Navidad más hermosos que recordaban en Brezal del Cuervo. Con las primeras luces el Chocolatero y su burra abandonaron la iglesia y atravesaron el pueblo aún desierto. La misma brisa que arrastraba los restos del aroma a chocolate, hacía oscilar las cuentas de cristal de los adornos navideños que orlaban las calles. Su repiqueteo acompañó al sonido de los cascabeles de la burrita hasta que Chocolatero y montura se perdieron de vista en el recodo del camino.

Fin de

Rin Rin

[1] Hacia Belén va una burra: inicio de un villancico tradicional español, que continúa así “(…), rin, rin/ Yo me remendaba yo me remendé, / Yo me eché un remiendo yo me lo quité/ Cargada de chocolate/ Lleva su chocolatera, rin rin/ Yo me remendaba(…)/ Su molinillo y su anafre”.

[2] Hayedo, Fresneda, Brezal: son nombres de poblaciones que se refieren a especies arbóreas de hayas, fresnos y al arbusto brezo.

[3] Astorga: población cercana a León. Fue de las primeras ciudades españolas en conocer el chocolate, posiblemente por la relación de la nobleza local con Hernán Cortés. Durante el siglo XIX desarrolló una próspera industria chocolatera, y llegó a contar con 49 fábricas en 1914.

[4] Chocolatera: aparato antiguo en forma de cafetera cilíndrica o ligeramente cónica que se utiliza para preparar chocolate. Su tapadera dispone de un agujero a través del cual se hace pasar el mango del molinillo a fin de poderlo agitar circularmente. Se le hace dar vueltas entre las manos sin destapar la chocolatera.

[5] Molinillo: es un batidor que se utiliza especialmente para preparar chocolate caliente. Su principal función es disolver el chocolate y producir espuma. El mango del utensilio se sostiene entre las palmas de las manos y se gira frotando una palma contra la otra, esta rotación constante crea la espuma en la bebida.

[6] Anafre: o anafe, es un hornillo portátil que se utilizaba para calentar y derretir el chocolate.

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