Ven a mi casa esta Navidad (Crónicas del Grinch II, 3)

New Year fireworks and champagne

Lo peor de la Navidad es el recuerdo de los que ya no están. Por otra parte, nos gusta pensar que es el momento de olvidar  las afrentas, los enfados, los desencuentros de todo el año o quizás de una vida. Lo importante es que nuestra mesa no esté vacía en Navidad.

—¿Has hecho todo tal como acordamos, Alf? —dijo el anciano de pelo blanco sentado en medio del salón sumido en sombras. Más allá de los cristales, la noche se vestía de luces de colores. Era nochebuena en la gran ciudad.

—Sí, Nikos. El sistema de defensa está desactivado —dijo el mayordomo dejando una botella de champán y dos copas sobre la mesa .

El hombrecito diminuto de pelo ralo y aspecto enfermizo, era uno de los pocos con derecho a llamarlo por su nombre, en lugar del  tratamiento ceremonioso habitual.

—Pero supongo que no del todo, ¿verdad?

—No,  tal como indicaste —contestó el hombrecito, y mientras aguardaba a la licencia de su señor y amigo, repasó en el rostro del anciano los primeros signos de deterioro.

Porque desde hacía días el Venerable, por primera vez desde que lo conocía, aparentaba la edad que tenía. Sabía lo que ello significaba, y le partía el corazón.

      Nikos le indicó que se retirara, y cuando se quedó solo midió la enorme extensión del salón con ágiles pasos de baile. Se detuvo frente a la pared acristalada que rodeaba el perímetro del ático, en lo más alto del rascacielos que llevaba su nombre. Nunca le había gustado la falsa modestia. Él era Nikos, el Venerable, creador de un imperio, y había tenido al mundo rendido a sus pies.Recordó con amargura la época no tan lejana, en que el salón, el edificio entero, habían resonado con el júbilo de miles de voces. Aquellos habían sido tiempos de abundancia, con los hermanos en la cúspide de su poder. Se sentían los amos, y esa misma soberbia les hizo bajar la guardia, y les impidió ver lo que se les venía encima.

Durante muchos siglos todo fue bien. Los humanos no dejaban de aumentar en número, de levantar nuevas ciudades y derruir las murallas de las antiguas.  Se entregaron a un nuevo dios, la ciencia, y tildaron de superstición a la sabiduría de sus antepasados, ignorantes de que ese mismo conocimiento era lo único que los había protegido desde la noche de los tiempos. La coyuntura en verdad era muy favorable. Los humanos con la facultad de ver a los hermanos escaseaban cada vez más. Al parecer, el gen responsable desaparecía a marchas agigantadas de sus cromosomas. Nikos no sabía por qué, pero el hecho es que la mayoría asistía impasible a los festines que se celebraban ante sus narices. Las víctimas solían experimentar una leve indisposición, y las raras ocasiones en que acudían a urgencias, los médicos atribuían el cuadro a cualquier entidad banal y los despachaban a sus casas. Había, por supuesto, muertes, en su mayoría debidas a reacciones alérgicas de las víctimas, y en las otras periodistas, policías, forenses  e incluso jueces de guardia, experimentaban un rechazo inconsciente ante las pruebas de la existencia de los hermanos, y un gran alivio al ignorarlas y establecer una causa más prosaica y racional para los fallecimientos.

Nikos, el Venerable, creyó durante mucho tiempo haber guiado a los suyos a la tierra prometida. Siempre se había mostrado remiso a la hora de administrar el don. Era el único que tenía el poder, y en su larga vida, mayor que la de cualquier otro ser que hubiera habitado la Tierra, lo había otorgado solo a candidatos selectos. Pero los hermanos eran gregarios por naturaleza, y le pidieron nuevas incorporaciones. Les contestaba que la eternidad no la merecía cualquiera.Tanto insistieron, que al final se plegó a las súplicas y la adulación, y contagiado del mismo deseo de compañía, convirtió a muchos. Demasiado tarde aprendió que el sufrimiento por la desaparición de cada uno de los hermanos sería el doloroso castigo a su debilidad.

La desgracia se abatió sobre ellos sin aviso alguno. Un mal desconocido que consumía sus ganas de vivir, devoraba sus energías y los sumía en un letargo antesala de la muerte, diezmó a los hermanos, a los mismos que durante siglos habían mostrado una resistencia absoluta a las enfermedades. Las mejores mentes investigaron sin descanso en busca de una respuesta, y para cuando la hallaron, la población de hermanos estaba diezmada. Una mutación en los humanos era la responsable, pero no descubrieron cómo revertirla, ni tampoco una fuente de alimentación alternativa. En poco tiempo, el Venerable y el puñado de hermanos que parecían ser inmunes como él, se quedaron solos. Ironías del destino, cuando descubrieron una cura era ya demasiado tarde para los supervivientes, pues la enfermedad estaba demasiado avanzada.

El rugido de las sirenas sacó a Nikos de sus tristes pensamientos.

—Por fin, ha venido —dijo con expresión torva y regresó con premura a la mesa.

Al principio  no supo reconocer aquel sonido siseante, y cuando se apagó el eco de la alarma descubrió que estaba jadeando. Acercó una mano arrugada a la boca y la observó perplejo. Así que eso era la vejez, eso era lo que los humanos llamaban estar fatigado. No había duda, el invitado llegaba justo a tiempo.

La supuesta inmunidad de Nikos y los otros supervivientes había resultado ser solo una forma ralentizada de la enfermedad. Poco a poco, entraban en letargo y morían igual que los demás. Desde tiempos inmemoriales hubo algunos humanos que sabían cómo detectar a los hermanos, y los cazaban como a animales. Nunca constituyeron una amenaza para la especie, aunque el dolor por la pérdida de los compañeros era real. Con el advenimiento de la plaga, se habían convertido en una auténtica pesadilla. Entre los que morían por la enfermedad y los que caían víctimas de los cazadores, el número de hermanos se redujo con rapidez. Hacía una semana que Baltar, el más sanguinario de los cazadores, había asesinado a uno de los tres últimos supervivientes que quedaban.

Nikos recobró el aliento, sirvió una copa de champán y accionó la música.

“Tú que estás lejos de tus amigos

de tu tierra y de tu  hogar

y tienes pena, pena en el alma,

porque no dejas de pensar.

Tú que esta noche no puedes,

dejar de recordar,

quiero que sepas, que aquí en mi mesa,

 para ti tengo un lugar”.

Se oyó una explosión cercana, luego una carrera en el pasillo y el mayordomo entró tambaleándose con una estaca clavada en el pecho, para acabar desplomándose sobre el regazo de Nikos. Tras él irrumpió el grupo perseguidor, integrado por tres hombres que parecían un cruce entre vaqueros y espadachines de película antigua.

—Vaya, qué conmovedor —dijo uno de ellos mientras cargaba una nueva estaca en la ballesta—. Si hasta los monstruos tienen su corazoncito.

Mientras el de mayor estatura permanecía atrás, los otros dos avanzaron hacia la mesa.

Nikos apartó con delicadeza el cuerpo muerto de Alf y sin acercarse a ellos, abrió los  brazos y lanzó a los dos hombres contra los cristales. Los cuerpos estallaron como si fueran tomates maduros.

—La invitación era solo para ti, Baltar —dijo Nikos intentando sobreponerse al agotamiento de muerte que el esfuerzo le había provocado.

El aludido se apartó el embozo de la capa. El rostro de un anciano miró con expresión de triunfo al Venerable.

—No sabía que te quedaran fuerzas, Nikos ¿puedo llamarte así? Lo de Venerable resulta anticuado. Por fin estamos frente a frente. ¿Sabes los años que llevo esperando este momento? Lo único que me atormentaba era la posibilidad de que murieras debido a la plaga antes de que pudiera matarte con mis propias manos. Era innecesario que disimularas con el sistema de defensa, habría bastado con una invitación convencional para cenar, aunque la cena habría sido muy corta. No entiendo por qué de repente, tenías tanta prisa por verme. Tal vez sea por lo solo que te sientes últimamente. Por cierto, si llego a saber que tenías sentido del humor, habría venido antes a visitarte.

El cazador de vampiros improvisó un baile sin moverse del sitio, al ritmo de la música.

“Ahora ya es tiempo, de que charlemos,

pues nada se perdió,

en estos días, todo se olvida,

y nada sucedió”.

—No habrá olvido ni perdón para lo que habéis hecho —dijo Baltar de pronto muy serio.

A continuación se sentó a la mesa y alzando la copa de champán brindó en memoria de las víctimas de los vampiros a lo largo de la historia, pero devolvió la copa a la mesa sin beber de ella.

Recurriendo a sus últimas fuerzas, Nikos se abalanzó sobre el humano y le clavó los colmillos.  Baltar lo arrojó lejos de él y se echó mano al cuello con preocupación.

—Yo te otorgo el don —dijo el Venerable desde el suelo, incapaz de resistirse a un postrer gesto teatral.

El cazador soltó una carcajada y retiró una banda metálica que simulaba piel del cuello.

—Eres patéticamente previsible, Nikos, y muy decepcionante. Te comportas como un vampiro novato. Creo que te he tenido idealizado todos estos años.

El Venerable respiraba cada vez con más dificultad. Baltar se agachó junto a él llevando la ballesta en una mano y la copa en la otra.

—¿Me creerías si te dijera que voy a echaros de menos, a ti y a los demás monstruos? —dijo sin disimular una sonrisa de burla—. Voy a hacerte una promesa. Cada Navidad, brindaré con champán en memoria de vuestra especie extinta.

El cazador  apoyó la punta de la estaca en el corazón del Venerable, y apuró de un trago la copa sin dejar de mirarlo a los ojos.

En el segundo que tardó el humano en disparar la ballesta, el vampiro lamentó muchas cosas.

Lamentó  no estar allí cuando a Baltar empezara a molestarle la luz del sol, cuando sintiera los primeros estragos de una sed insaciable de sangre, cuando se alimentara por primera vez de un humano, y cuando se convirtiera en el responsable de salvar de la extinción a la especie de sus antiguos enemigos. Lo que más lamentaba era no asistir al instante en que descubriera que había sido el inóculo mejorado de su saliva disimulado en el champán, el que le había convertido en el primer vampiro inmune a la plaga. Saber que tendría una eternidad para disfrutar el don sin duda consolaría al cazador de monstruos.

“Por eso y muchas cosas más

ven a mi casa esta Navidad”.

 

Fin de

Ven a mi casa esta Navidad

 

Conozco dos versiones de Ven a mi casa esta Navidad. Una de mi añorado Luis Aguilé, que fue la primera que escuché, y otra que he descubierto recientemente intepretada por el gran Raphael. Os recomiendo que las disfrutéis.

 

 

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