El pequeño tamborilero (Crónicas del Grinch II, 2)

Depositphotos_95140678_xl-2015

El pequeño tamborilero[1]

El aroma a misterio y maravilla  tiene algo de adictivo para nosotros.  En su persecución arrostraremos cualquier riesgo, y nuestro corazón latirá acompasado al ritmo que nos señala el camino. Al fin y al cabo, como todo el mundo sabe, desde niños adoramos los tambores.

Tomás necesitaba aire fresco. Todavía faltaba media hora y contemplar las caras de los otros le suponía una tortura. No soportaba aquella expresión de consuelo y desesperanza. Normalmente lo sobrellevaba bastante bien, pero hoy era la primera nochebuena.

El cielo se encontraba en su momento de mayor oscuridad, con las triples lunas ocultas bajo el horizonte. Disfrutaba reconociendo las constelaciones sin ayuda, como durante su niñez, ahora fabulosamente lejos en el tiempo y el espacio. Sonrió con amargura y encendió un cigarrillo. La publicidad seducía con las normas menos rígidas de las colonias, pero pronto la ausencia de prohibiciones hacía menos apetecibles los antiguos hábitos. Como era previsible, el maldito cigarrillo ardió despacio y se apagó. No lo volvió a encender. Incluso aquellas pocas caladas lo habían fatigado. Estar en el exterior sin el dispositivo, con la baja concentración de oxígeno de la atmósfera, ya era suficiente prueba para los pulmones.

—Este aire tiene algo de adictivo, ¿verdad? —dijo una voz desde un ángulo oscuro del porche.

Hasta ese momento Tomás creía estar solo. La voz le resultaba conocida, y cuando el otro avanzó hasta la zona iluminada reconoció a Raúl, un granjero de las montañas Azules. No sabía nada de él salvo que pertenecía a la primera oleada de colonos y era uno de los habituales en los días de visita.

—Además, nos queda poco tiempo para disfrutarlo —dijo Raúl y añadió deformando la voz—. En solo diez años respirará usted como si estuviera en plena Amazonia.

Parodiaba el eslogan publicitario de la Compañía de los Planetas Exteriores, pero ninguno de los dos rió.

—Eres Tomás, ¿verdad? Te observo desde hace tiempo y creo que eres el único que puede comprenderme. Mi esposa y yo llevamos veinte años viniendo aquí. Los médicos nos dicen que no perdamos la esperanza. Eso puede que sirva para María, pero yo sé que nuestro Enrique nunca saldrá del trance o como sea que lo llamen.

Tomás sintió que un escalofrío de terror le oprimía el estómago. Tuvo la certeza de que no quería seguir escuchando.

—Por favor, no te vayas —dijo Raúl agarrándolo del brazo—. Me atormenta que nuestro hijo esté sufriendo para nada. Claro, ellos aseguran que no, pero también nos dijeron que la hibernación era segura y mira el resultado.

Tomás deseó no haber salido nunca en busca de aire fresco.

—Tengo que entrar, llevo mucho tiempo fuera y empieza a faltarme el oxígeno.

No era verdad. Aún faltaban quince minutos para que se cumpliera la media hora que podían respirar en el exterior sin los dispositivos, y lo sabía.

—A las madres les basta con venir a verlos, con creer la impostura de que un día despertarán —continuó Raúl como si no lo hubiera oído—. Mi María nunca accederá, y sin el consentimiento del padre y la madre los médicos no lo desconectarán.

Tomás empezó a sudar. El hijo de Raúl tenía quince años cuando lo hibernaron para viajar hasta el planeta. Con gesto brusco, se sacudió de encima la mano que lo oprimía, pero el granjero, con los ojos enrojecidos y los labios cada vez más azules, lo asió más fuerte.

—A mí no puedes engañarme. He visto como miras a tu David. ¿Qué tiene, cinco años? Sé que por las noches sientes el mismo retumbar que yo en tu cabeza, como un tambor que repite incansable que es nuestra culpa. Pero no lo es. Ellos nos mintieron, a ti y a mí. Nos dijeron que nada podía fallar. Entonces no tuvimos otra opción, pero ahora sí. Ese redoble nunca cesará hasta que hagamos lo correcto.

Tomás sabía a lo que se refería. Pero en su caso el tambor retumbaba acusador, conocedor de su terrible secreto. Lo escuchaba todas las noches, como banda sonora de sus imágenes de pesadilla. Pom: la junta de calificación les desaconsejó la hibernación por debajo de los quince años de edad, debido al alto índice de complicaciones. Pom: el médico insistía que esperaran unos años, hasta que David fuera mayor, pero habían luchado tanto para conseguir una plaza en la colonia que no aceptaron un aplazamiento; indignados, exigieron que se respetase el contrato con la Compañía de los Planetas Exteriores y amenazaron con una demanda. Pom: la junta aprobó la solicitud, y todos viajaron hibernados hasta el planeta. Ropopompom: llegado el momento, David no despertó. No pasaba un solo día sin que se arrepintiera de lo que le había hecho a su hijo.

El granjero, que nada sabía de eso, extrajo una tarjeta de memoria del bolsillo y se la ofreció suplicante a Tomás.

—No puedo hacerlo solo. Necesito que se introduzca esta tarjeta en una consola al mismo tiempo que yo introduzco otra en la de mi hijo. De esta forma el virus de las tarjetas eludirá las defensas del computador y reprogramará el sistema de soporte vital. Es la única forma de que ellos descansen y de que el tambor calle para siempre.

Tomás se apartó de él como si le quemara. Sentía una lástima infinita, pero no podía hacer lo que le pedía.

—Eso es ilegal.

El semblante de Raúl perdió el poco color que le quedaba, dio un paso atrás y enseñó las palmas de las manos conciliador.

—Lo entiendo. Es demasiado pronto para ti. Solo llevas aquí un año. Esperaré. Cuando estés preparado, házmelo saber. Lo único que te pido es que no me delates.

El granjero se dirigió respirando con dificultad hacia el acceso al sanatorio. Avanzó tambaleante unos pocos pasos y se desplomó en el hall de entrada. Lo último que vio Tomás, que también respiraba con dificultad, fue al equipo de reanimación que acudía a la carrera. Luego las puertas automáticas se cerraron y no vio más. Aquel pobre hombre había apurado hasta el límite el tiempo sin dispositivo en el aire enrarecido del planeta. Deseó que no fuera demasiado tarde, aunque no sabía qué sería mejor para Raúl.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo una voz desconocida y muy próxima.

En el extremo opuesto del porche, Tomás descubrió una figura de pequeño tamaño. Estaba iluminada de cintura para abajo. Un bolso enorme le colgaba del costado, sobre una especie de chaquetilla blanca abullonada, y unos pantalones y botas de extraña confección completaban la parte visible del personaje. Le resultaba vagamente familiar, aunque estaba seguro de no haberlo visto nunca.

—Quiero decir que ese hombrecillo patético sufre mucho —continuó la figura, sin dar tiempo a que Tomás preguntara nada.

La voz era de un adulto, pero distorsionada hasta el punto de parecer la de un niño.

—¿Nos conocemos? —dijo Tomás, que de repente respiraba sin dificultad —. No recuerdo haberte visto antes en las visitas.

—Por supuesto que nos conocemos, pero es la primera vez que me presento aquí con esta forma. Normalmente estoy muy ocupado tocando mi tambor dentro de las cabezas de los que sueñan.

La cara permanecía en sombra, pero Tomás la imaginó deformada por una sonrisa abominable.

—Eso no ha tenido ninguna gracia —contestó airado—, y es una desvergüenza escuchar las conversaciones ajenas.

—Vamos, vamos, Tomasito, no te alteres, que es Nochebuena. No debes preocuparte más. He venido a liberar a los durmientes.

—¿Es que no has oído lo que le dije a Raúl? —rugió Tomás, con una vitalidad que no podía explicar después de tanto rato en el exterior—.  Eso es ilegal, y no pienso permitirlo.

Nada más terminar de hablar sintió que su fuerza lo abandonaba, volvió a faltarle el aire, y caído de rodillas creyó ver como la figura del ángulo oscuro crecía más y más, hasta alcanzar el firmamento.

—¡Necio! ¿Me tomas por uno de tus insignificantes compañeros? Montados en vuestros patéticos cohetes atravesáis el espacio confiados en que nos dejaréis atrás. Ilusos. Nunca podréis escapar. Siempre nos llevaréis con vosotros. ¿Creías que te pedía ayuda, como ese infeliz? ¿O peor, que solicitaba tu permiso?

La cabeza le daba vueltas, y la visión se volvía borrosa. Tomás intentaba comprender.

—¿Quién eres? —logró balbucear, en medio de desesperados intentos por  introducir oxígeno en sus pulmones.

—He tenido muchos nombres y muchas formas. He adoptado esta en homenaje a tus fantasías infantiles. Yo le tengo especial cariño a la de un flautista al que seguían los niños pobres y enfermos. Como tantas veces, ensuciasteis la verdad inventando una historia truculenta de venganza por no haber recibido el pago prometido tras librar una ciudad de las ratas. Recientemente he cambiado la flauta por el tambor. A los niños siempre les ha gustado más.

—No entiendo. Si no necesitabas mi permiso, ¿por qué me estás contando esto? —dijo con la mente a la deriva en aquel océano de ideas delirantes, a punto de hundirse en la inconsciencia.

—Mi querido Tomás, lo he hecho solo porque David me lo pidió. Quería que que te dijera que fue un accidente, que ni tú ni su madre tuvisteis la culpa, que él siempre quiso viajar a las estrellas.

Las olas lo cubrieron y la oscuridad lo envolvió en un manto de paz.

✻   ✻   ✻   ✻   ✻

Cuando abrió los ojos reconoció el espacio impersonal de una habitación de hospital. Su esposa lo cubrió de besos.

—Creí que te había perdido a ti también. ¿En qué estabais pensando? Ese granjero y tú os habéis comportado como niños.

Tras pronunciar la última palabra, el torrente de lágrimas se desbordó. Tomás la consoló, y ella le explicó que estaba vivo solo porque lo primero que dijo Raúl al recuperar la consciencia fue que él seguía afuera. Gracias a eso el equipo de reanimación pudo atenderlo a tiempo.

Su esposa escrutaba, sin acabar de decidirse, el rostro de Tomás,  atenta a cualquier señal de peligro. El médico la había advertido que debido al tiempo que había pasado sin respirar, era probable que presentara alucinaciones en las primeras horas. Incluso era posible que no recordara haber salido al porche, o que los recuerdos estuvieran disfrazados de fantasías. De hecho, antes de despertar deliraba acerca de un pastor con un tambor, que le traía un regalo. Pero no podía ocultarlo por más tiempo.

—Querido, hay algo terrible que debo decirte y no sé por dónde empezar.

Él le dijo que no era necesario, que sabía que su hijo se había ido, y sin darle tiempo a preguntar nada la abrazó y esta vez lloraron los dos.

—Los médicos no se explican lo que pasó. Lo achacan a un fallo general del sistema. Todavía lo están investigando. Si hubieras podido ver la carita de David, de repente resplandeció como si sintiera una gran felicidad.

Tomás sonrió. Todo el mundo sabe que a los niños les encanta el sonido del tambor.

Fin de

El pequeño tamborilero

[1] El pequeño tamborilero: villancico estadounidense, The little drummer boy, que hizo célebre Bing Crosby. En español lo popularizó Raphael .

Anuncios

Un comentario en “El pequeño tamborilero (Crónicas del Grinch II, 2)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s