Oh, little town of Bethlehem (Crónicas del Grinch II, 10)

Nativity sceneOh, pequeño pueblo de Belén[1]

El maltrato corroe nuestra dignidad como personas, y  la esclavitud que genera es una variedad del síndrome de Estocolmo. En los casos extremos, solo la muerte rompe las cadenas. A veces. Ahora es tarde, hace frío, y conviene que busquemos refugio para pasar la noche.

Pepe nunca había hecho algo así. María se esforzaba por contener el llanto. A Pepe lo enfurecía verla llorar, y ella no quería enfurecerlo. Sobre todo en su situación. Pero no lograba quitarse de la cabeza la imagen de aquel muchacho de la gasolinera, implorando de rodillas que no lo matara. Pepe no era malo, solo tenía aquellos arrebatos de ira. Entonces era capaz de cualquier cosa. El chico se había orinado encima y le había dicho, entre sollozos, que su familia lo esperaba para celebrar la nochebuena. El pobre desgraciado no podía saber que Pepe odiaba la Navidad.

No habían sacado mucho de la gasolinera, apenas doscientos euros. Pepe, fuera de sí, después de apuñalar con saña al muchacho, había iniciado su habitual danza de destrucción, derribando expositores, reventando cristales, vaciando extintores. No era por maldad, era aquella furia ciega que lo poseía. Una vez, al principio de viajar juntos, María intentó calmarlo. La cicatriz en su mejilla le recordaba que no debía volver a hacerlo. Jamás.

Pepe abandonó la autovía y condujo por carreteras secundarias, internándose en la montaña. No volvería a la cárcel. Antes prefería matarse que vivir prisionero. María sabía que Pepe no pararía de hablar en un buen rato. Era su forma de lamentar lo que había hecho, porque Pepe no era malo, solo había sufrido mucho.

—El muy mierda lloraba como una niña. Me gustaría ver la cara que pondrá su mamita cuando vea la noticia en la televisión.

Un momento antes lucían las estrellas, pero ahora una niebla espesa lo amortajaba todo. Pepe se jactaba de tener un gran sentido de la orientación, y despreciaba a los que recurrían a los navegadores, pero a la media hora de haber dejado la autovía cambió el tema de su perorata. Ahora eran las señalizaciones de las carreteras el objetivo de sus maldiciones.

Pepe no reconocía ninguno de los cruces y eso empeoró su humor. La carretera se estrechó, y empezaron a aparecer vehículos aparcados en la cuneta. De repente, dio un frenazo y soltó una maldición. Había coches en medio de la carretera. La niebla devolvía amortiguado el sonido de los bocinazos. Era inútil, no había nadie en los vehículos. Pepe estaba furioso, y golpeó a María, culpándola de todo. Más relajado, se le ocurrió que debían estar cerca de uno de aquellos condenados belenes vivientes de los pueblos de la sierra. La gente aparcaba en cualquier sitio. Intentó dar media vuelta pero el motor no arrancó. Los móviles no tenían cobertura, así que no les quedaba más remedio que continuar a pie.

María esperaba que llegaran pronto al pueblo. Se cansaba mucho últimamente. A medida que avanzaban, los coches parecían más antiguos. Esos ricachones, con sus mansiones en la sierra, podían permitirse aquellas piezas de museo. Siempre la habían fascinado los museos. Los añoraba. Automóviles de película surgían como barcos en la niebla. No empezó a preocuparse hasta que apareció el primer carruaje. No había ni rastro de los caballos, pero aquello era un carruaje sin lugar a duda. Y al primero le sucedieron otros, cada vez de diseño más primitivo. La idea le llegó con un escalofrío. Aquello era un cementerio, un mar de los sargazos en medio de la montaña. No podía parar de temblar.

Pepe insistía que el pueblo no podía estar lejos, y ella no protestó. Caminaban envueltos en una niebla espesa que embotaba sus sentidos. María creía oir de vez en cuando unos lamentos, camuflados en la bruma. Un camino de tierra sustituyó al asfalto y la niebla se aclaró lo suficiente para distinguir unas luces. Animados, abandonaron el camino y se dirigieron hacia ellas.

Se trataba de una pequeña población, poco más que unas casuchas apiñadas, sin iluminación ni adornos navideños de ningún tipo. Avanzaron a través de calles desiertas en busca de una cafetería.

—Pues vaya mierda de belén que tienen montado estos paletos —dijo Pepe con desprecio, pero María reconoció la intranquilidad en su voz. Debían encontrar donde refugiarse. Era tarde, hacía frío y seguro que helaría de madrugada. De repente, sintió un escozor en la nuca, como si miles de ojos la observaran. Se giró y solo vio las mismas callejuelas vacías.

Apoyada en la ladera de una pequeña loma, vieron una casa algo más grande que las demás, con paredes de piedra. Bajo la puerta se filtraba un resplandor. Entraron sin llamar. María tuvo una imagen, como en un relámpago, de muchos rostros que los escrutaban llenos de hambrienta curiosidad, pero cuando miró, había muy pocas personas en el interior, vestidas de forma pintoresca. Se trataba de una especie de taberna, de suelo irregular, mesas toscas y paredes desnudas. Uno de los lugareños llevaba una casaca de un soldado de Napoleón y un sombrero vaquero. Del mismo modo, todos combinaban indumentarias de estilos y épocas diferentes. En un rincón, una mujer joven y rubia, vestida con un kimono japonés, danzaba al son de una música inexistente.

—Así que no se trata de un belén, sino de una fiesta de disfraces. Es como si fuera Nochevieja —dijo Pepe en voz alta.

Luego dirigió una mirada llena de lujuria a la mujer que bailaba. Esta le sonrió y se aproximó a ellos. Le acarició la oreja magullada a María y besó su ojo amoratado.

—Eres muy guapa. Yo soy Judith. ¿Y tú?

—Ella no es nadie —dijo Pepe, y arrojó a María al suelo con violencia.

María, dolorida, se llevó las manos al abdomen, y las retiró asustada. Confiaba que Pepe no la hubiera visto hacerlo. Estaba embarazada de casi dos meses, y esta vez no quería que él la obligara a abortar. Llevaba días reuniendo fuerzas para contárselo, aguardando el momento propicio. Él era bueno, pero últimamente estaba siempre enfadado.

Judith la ayudó a levantarse, pero Pepe la agarró por la cintura, cada vez más excitado.

—¿Sabes una cosa, Judith? Desde que entré por esa puerta supe que era mi noche de suerte. Es como si este fuera el lugar que siempre he buscado, el lugar al que pertenezco.

Ella se abalanzó sobre él y lo besó, introduciéndole la lengua en la boca.

—No sabes cuanta verdad hay en tus palabras —dijo Judith con una sonrisa enigmática.

Pepe se dejó conducir a una habitación del fondo. El hombre del sombrero vaquero lo interceptó.

—Hola. Qué botas más bonitas. Las quiero.

—¿A quién le importa una mierda lo que tú quieras?

El otro intentó quitarle una bota. Pepe se revolvió, sacó la navaja y se la hundió en el estómago.

Nadie en la sala se inmutó. Todos siguieron dedicados a sus asuntos, como si la persona que agonizaba en el suelo no tuviera que ver con ellos, como si aquello no tuviera importancia.

—Joder —dijo Pepe embriagado por la adrenalina—, me encanta este sitio.

Tardó una hora en salir de la habitación, y durante ese tiempo María se tapó los oídos para no escuchar los jadeos y los gritos. Sentía una humedad creciente en los pantalones, y sabía lo que significaba. Cuando por fin regresaron, la cara de Pepe era de absoluta felicidad. Se inclinó sobre el cadáver del hombre que había acuchillado y le quitó el sombrero de ala ancha.

—Te queda muy bien, mejor que a Ben —le dijo Judith socarrona—. Salgamos, quiero enseñarte algo. Que venga también María.

Pepe no protestó. Más tarde ya le enseñaría a Judith quién mandaba, pero después del placer que le había proporcionado, se sentía generoso.

Caminaron bajo la noche estrellada por las calles desiertas. María notaba como la sangre le corría por las piernas. Hacía mucho frío, y llegó un momento que no pudo más y cayó de rodillas. El vientre le dolía horrores, y no pudo evitar sollozar. Pepe la zarandeó sin piedad, mientras le decía que era una aguafiestas.

—Ayúdame, por favor —imploro María a la mujer del kimono—. No dejes que mate a mi hijo.

—Maldita zorra. ¿es que no pensabas decírmelo?

Judith le sujetó el brazo a Pepe cuando lo descargaba sobre María.

—Te he traído aquí para que contemplaras el amanecer por última vez.

Antes de que Pepe pudiera preguntar nada, Judith le arrebató la navaja y degolló con ella a María, que murió con una sonrisa en los labios.

—¿Qué has hecho? —dijo Pepe arrancándole la navaja de las manos.

—Era la única manera de salvarla. Nadie escapa de aquí, y después de la primera noche, nunca moriría. Mira, amanece en vuestro mundo —dijo señalando la débil claridad en el muro de niebla—. Eso significa que eres uno de los nuestros. Bienvenido a Belén, en Judea.

La terrible verdad se abría paso en su mente, y ante su mirada de horror el cuerpo de María se desvaneció como humo.

—Esto tiene que ser un sueño —balbuceó mientras seguía a Judith de regreso a la taberna.

—No estás soñando. Es real. Hace dos mil años los habitantes de este pueblo nos negamos a dar cobijo a una pareja joven. Ella estaba a punto de parir, pero no tuvimos compasión. Desde entonces, la niebla nos mantiene apartados del mundo, fuera del curso del tiempo. Solo nos distrae  la ocasional llegada de viajeros. Da igual si se lo merecen o no, todos se unen a nosotros para la eternidad. Al principio te sentirás prisionero, pero te acostumbrarás.

Pepe se abofeteó, se pellizcó, incluso se hizo cortes con la navaja, sin conseguir despertar. La sangre le goteaba de las heridas autoinfligidas, y golpeaba contra el suelo como martillazos de un juez que le anunciara su condena. De repente, una sonrisa de triunfo le iluminó el rostro.

—Nadie es más listo que Pepe. No puedes retenerme aquí —dijo con un brillo de locura en los ojos y empezó a reír.

Las carcajadas retumbaron en la noche como tañidos de campanas. Cuando miró hacia atrás, vio una multitud que se apiñaba en las calles antes vacías. Con una brusca resolución, se degolló a sí mismo.

—Ay, Pepe, no has entendido nada —dijo Judith sin prestarle atención y entró en la posada.

Ben se asomó a la puerta con su casaca de soldado de napoleón impoluta.

—Pero, tú habías muerto —dijo Pepe en un murmullo, y al darse cuenta que él mismo seguía vivo, rompió a llorar.

—No te guardo rencor. Ahora eres uno más de nosotros. ¿Podría probarme tus botas?

“O little town of Bethlehem

How still we see thee lie

Above thy deep and dreamless sleep

The silent stars go by

Yet in thy dark streets shineth

The everlasting Light

The hopes and fears of all the years

Are met in thee tonight”[2]

 

Fin de

Oh, little town of Bethlehem

[1] Canción navideña tradicional que ha sido cantado por todos los grandes intérpretes del mundo anglosajón. Fue escrito por Phillips Brooks (1835–1893), párroco en Filadelfia, en los EEUU, que se inspiró en su visita a la población de Belén en Palestina en 1865.

[2] Oh pequeño pueblo de Belén/ Tranquilo y en descanso te vemos/ Por encima de tu profundo dormir sin sueños/ Las estrellas silenciosas van y vienen/ Sin embargo, en tus calles oscuras brilla/ La Luz eterna/ Las esperanzas y los temores de todos los años/ Se encuentran en ti esta noche. Esta es la magnífica, como siempre, interpretación de Bing Crosby.

 

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