Forever Christmas Eve.      

Es el día de Nochebuena, como todos los años. Una persona regresa al pueblo en el que transcurrió su adolescencia, como cada Navidad. Una casa en medio de un parque que antes fue un bosque milenario. Un recuerdo que el protagonista intenta recuperar. Siempre es bueno recordar, ¿o tal vez no?

Allí estaba una vez más. Desde hacía años regresaba al pueblo de su adolescencia la tarde del día de nochebuena, aunque resultaba difícil reconocer los antiguos lugares y las edificaciones. La pequeña población del medio oeste se había transformado en una barriada dormitorio de la gran ciudad cercana. A parte del ayuntamiento y la iglesia poco más permanecía.

La vieja casona tampoco había cambiado. Se alzaba ahora en medio de un parque arrebatado al bosque, rodeada de castaños de indias que mostraban sus copas desnudas muy por debajo de la techumbre de tejas negras en perfecto estado, igual que el año anterior, igual que hacía veinte años. Ya no les preguntaba a los lugareños por ella, ni por lo que allí había sucedido. Había aprendido que les desagradaba, aparentaban no escucharlo ni verlo y se apartaban inquietos. A veces pensaba que nunca había salido de allí, que donde quiera que fuese el resto del mundo se comportaba con él del mismo modo.  Eran esos momentos de depresión y desánimo, a pesar de las terapias, los que le hacían regresar; tenía algo que resolver en aquella mansión. Quizás esta vez.

No quedaba nada del bosque que ocultaba la casona veinte años atrás. Los robles, abedules y hayas habían sido exterminados y en su lugar se alzaban especies de crecimiento más rápido y resistentes a la polución. Siempre le pasaba lo mismo, se dejaba llevar por la nostalgia, un remordimiento sin razón alguna le desgarraba y lamentaba haber escapado. Intentaba convencerse de que ellos habrían hecho lo mismo de haber podido, pero era inútil. Él se salvó y a sus amigos nadie volvió a verlos.

Los pocos viandantes del parque demostraban la habilidad de siempre evitándole a él y a la mansión. Era ridículo, pero había terminado por aceptarlo.  Los tablones del porche crujieron igual que hacía veinte años, igual que el año anterior. Los aleros del tejado, la chimenea, las ventanas, todo lucía los mismos adornos navideños. En medio de la puerta una corona verdirroja resplandecía preñada de promesas. Cerró los ojos y volvió a notar la presencia del gordo Oli, siempre comiendo chocolatinas. Unos pasos más atrás Nathaniel, seguí sin decidirse. «No deberíamos estar aquí», había dicho en voz demasiado alta el bueno de Nathan y Pete, el líder del grupo, le había mandado callar y había susurrado: «Silencio. No hagáis ruido». Habrían seguido a Pete a la guarida de un dragón. Eran los mejores amigos que se podía tener.

Aquella tarde, nada más entrar la música los envolvió y tiró de ellos como un aspirador. Eran las canciones navideñas que conocían, pero con un algo intranquilizador y empezaron a sudar. Las habitaciones salían de las tinieblas a medida que pasaban junto a ellas, y en todas había abetos atestados de adornos, luces y espumillón de colores. Pero también cosas repugnantes que reptaban por el suelo y entre las agujas de los árboles. Se sentían paralizados, no eran capaces de gritar, y un miedo como no nunca habían conocido se apoderó de ellos. El bueno de Nathan se orinó encima. Luego solo recordaba que no podían dejar de avanzar y que la puerta del sótano se acercaba más y más.

Eso había sucedido veinte años atrás. Él había conseguido escapar, no sabía cómo. Las partidas de búsqueda nunca hallaron la mansión, ni a sus amigos. Después de aquello, su familia se trasladó a la gran ciudad y dio comienzo el carrusel de psiquiatras y terapeutas del que no se liberaría hasta la mayoría de edad. Sólo le habían servido para olvidar. Apoyó la mano en el pomo de la puerta. De algún modo sabía que estaría abierta, como todas las otras veces. Un instante antes no tenía dudas, pero ahora se preguntaba si estaba seguro de querer recordarlo todo. Estaba harto. Le ocurría lo mismo cada nochebuena.  Casi había decidido darse la vuelta y esperar otro año cuando escuchó la música. Se enjugó el sudor y al apartar la mano le pareció que era más pequeña y descubrió que ya estaba dentro. Las canciones abominables, la atracción irresistible, las habitaciones que estallaban en luces al aproximarse, todo era tal y cómo lo recordaba. La puerta del sótano también era cada vez más grande. Y el miedo. Un miedo monstruoso, asfixiante., como de cosas aborrecibles que le aguardaban al final de la escalera. Las lágrimas le resbalaban por la cara, sabían a derrota y vergüenza. Porque ahora lo recordaba. La puerta del sótano se abrió y la oscuridad absoluta se adueñó de su alma, como aquella víspera de Navidad de su adolescencia. Ahora, igual que entonces y a ritmo de villancico, le susurraba en la mente que había una forma de escapar, y él aceptaba el trato del mismo modo que lo hiciera veinte años atrás. Y de nuevo veía ante él a Pete, agarrado al marco de la puerta del sótano, gritandoles que huyeran, que no sabía cuánto resistiría. El heroico Pete, el gordo Oli, el bueno de Nathan; los había empujado a los tres escaleras abajo y había visto como la oscuridad los engullía.  Luego la casa entera había estallado en carcajadas, como explosiones de soles malvados que le gritaran mientras le abrasaban: «Te hemos esperado mucho tiempo, pero ya eres nuestro, para siempre. Nunca podrás salir».

Este año había estado cerca, muy cerca.  Casi había entrado. El año próximo lo haría, seguro. Una idea absurda, como el recuerdo de una pesadilla, le turbaba todavía cuando bajaba las escaleras del porche: en realidad él no había escapado, seguía frente a la puerta del sótano, incluso en aquel mismo instante y su supuesta vida era una ficción, la broma macabra de un dios cruel que disfrutaba haciéndole revivir una y otra vez aquel día. Era una locura tan sin sentido, que cuando alcanzó la calle lo había olvidado todo.

 

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